viernes, 17 de octubre de 2008


Cosas que me gustan de esta ciudad.

Si, es verdad, esta ciudad es un desastre. Es un desastre y ningún caraqueño, que se precie de serlo, puede decir lo contrario. Pero, todo aquel caraqueño debe reconocer que, insólito por demás, esta ciudad es adictiva. Es un vicio que te va consumiendo, pero eres incapaz de abandonarlo; te arrastra y te lleva a una especie de simbiosis malsana. Es tal la fiebre por esta ciudad, al menos a mí me pasa, que cuando salgo de ella regreso rauda y veloz, como si me hiciera falta el ruido, la contaminación, el caos, etc, etc,etc…Si bien es cierto que me quejo cada segundo por lo caótica locura de ésta urbe, me enloquece sus noches de desenfreno rodeados de alcohol y buena vibra; los fines de semana de excesos y diversión que me ofrece sus centros nocturnos bañados de novedad neoyorkina y sabor latino. También, tengo la costumbre de comparar cada ciudad que visito con la cosmopolita y cambiante capital de Venezuela y me doy el tupé de repetir con total desparpajo: “Caracas es Caracas, y lo demás es monte y culebra”. ¿Quién no ha repetido esta expresión cuando está en algún lugar parecido a Altagracia de Orituco? Es eso, el ritmo acelerado y convulso en la que nos movemos los habitantes caraqueños, nos ha convertido irremediablemente, o por lo menos a mí, repito, en unos masoquistas sin remedios que gastaremos los años entre quejas y besos furtivos. Pero, ciñéndome estrictamente a lo que plantea el título de este pasquín, voy a mencionar lo que me agrada de esta ciudad:
1)Ir por la autopista Francisco Fajardo y que dar sorprendida con lo más loco que he visto: una cola de motorizados por lo congestionado del tráfico. Eso, dificulto lo pueda ver en otra ciudad, país, mundo…
2)Estar en el cine viendo una fabulosa película y que entre una mujer aturdida gritando “me quieren violar” ¡¡¡¡ Auxilio, alguien que me ayude”. Ojo, no era parte de la película, era una mujer gritando sin parar que la iban a violar. Por su puesto, se prendieron las luces y mi fantástica película se quedo a medias, pero las tardes de risa que me ha regalado esta disparatada escena, son invaluables.
3)Las tardes de teatro en el Celarg viendo una película chilena.
4)Leerme un buen libro sentada en un autobús, mientras el conductor me ameniza la tarde con música de Ricardo Arjona. Esto a lo mejor puede pasar en otra ciudad, pero con el tráfico capitalino me da tiempo de leer el libro completo.
5)Pasear por la Universidad Central y echarme cómodamente en la grama de tierra de nadie.
6)Tomarme un café con una amiga en algún lugar de Altamira, mientras me deleito con lo hermoso de esta ciudad, que se desnuda en pleno cuando logras verla más allá de la bruma que la envuelve.

viernes, 19 de septiembre de 2008

¿Me lo habrá escrito a mi?

"Penso, malhumorado, que podían ahorcarse todos ellos con sus malditas repúblicas y sus malditas monarquías, con sus patrióticas arengas y con sus estúpidas reyertas de café. Habría dado cualquier cosa por que unos y otros dejaran de amargarle la vida con tumultos, disputas y sobresaltos cuyos motivos le importaban un bledo. A lo único que aspiraba era a que le dejasen vivir en paz. En lo que al maestro de esgrima se refería, podían irse todos al diablo".



Arturo Pérez-Reverte. "El maestro de esgrima"

viernes, 5 de septiembre de 2008

¿Por qué escribir todo en el blog?

Me gustaría saber cuáles son lo motivos que mueven a una persona a escribir sus sentimientos más profundos en un blog. Es que no entiendo, y puede ser debido a la insensibilidad que me caracteriza, cómo se puede escribir “Estoy profundamente sola y nadie me quiere”, en un portal de Internet. Lo digo, porque hace algunos días, curioseando entre los blogs, encontré uno que me llamó poderosamente la atención. En dicho blog, que obviamente no voy a decir cuál es, se expresaba de manera detallada, cada dolor, cada frustración, cada desengaño que había experimentado en sus veinti tantos años de vida.
Era como leer un diario, tenebroso por cierto, de la niña más infeliz del mundo. Triste la verdad, muy triste. Eso me llevó a preguntarme: ¿Para qué sirve realmente un blog? ¿Cuáles deberían ser las cosas adecuadas para escribir en un sitio que van a leer, posiblemente, millones de personas? ¿Es pertinente escribir los deseos y sueños; los anhelos y penas, dentro de la red? Reconozco que no llegué a una respuesta concreta, porque fue bastante complejo descifrar el uso de un blog y lo que puede sentir una persona al momento de sentarse frente a un computador y descargar sus ideas. Pero, me sigue pareciendo insensato escribir “mi novio me dejó ayer y me quiero cortar las venas” en un sitio que, probablemente, pueda leer algún sádico triste que se identifique con la pobre vida de esa escribiente y decida montarle una especie de acoso sexual. O, también es muy posible, que alguien sin corazón, fanática a burlarse frenéticamente de las desgracias ajenas, consiga en ese blog una diversión para sus tardes aburridas en el trabajo. Es posible, que la intención de esa bloggera sea ese, causar lastima, risa y hasta pena ajena cuando escribe lo infortunada y patética que puede resultar su vida.
Consejo: ¿Ya ven como no es bueno escribir esas cosas en su blog? Gente, muy parecida a mí, podrían usas sus sentimientos para tener algo que escribir y de qué reirse.
Posdata: Si se sienten solos y quieren escribir sus sentimientos, cómprense un diario, gracias.

martes, 5 de agosto de 2008

Una buena grosería

En algunos momentos me gustaría ser diferente. Si, distinta de lo que soy. A veces, y es una costumbre que no me gustaría cambiar del todo, no suelo decir groserías, siempre me han parecido horribles, y más, si son dichas por una mujer. Pero hay momentos que una grosería bien dicha es insustituible. Por ejemplo, cuando en plena hora pico, cansada del trabajo, con enormes ganas de acostarte a dormir, empalmas con la autopista Francisco Fajardo, a la altura de Altamira, y te encuentras con las furibundas colas. En ese preciso momento, no cabe otra expresión que no sea un gran: “Coño e`su madre”. Es que no cabe decir: “Coye, que gran fastidio vale”, es ridículo desde todo punto de vista. Y suena más ridículo aún, si eso se lo digo a un motorizado que, con su paso despiadado, le arranca el retrovisor a mi carro: “Eres un tremendo idiota, gafo”. ¿Se imaginan la risa que le puede causar a ese zigzagueante conductor de dos ruedas, si mi cabeza sale por la ventanilla para vociferar tan estúpida frase? Pero, si en lugar de decirle semejante pavada, le suelto un : “Eres un rolitronquisimo de mama….”, seguro la cara sería otra; por lo menos pensaría que soy medio barriotera y tengo un bate dispuesto en el asiento de atrás con el firme propósito de volarle la cabeza a cualquiera. Eso cambiaría la historia. Lamentablemente, no puedo, no he podido y no podré, aunque en mis continuas visitas al psicólogo y al club de groseros contumaces anónimos de Venezuela, por lo menos he logrado escribirlas. Bueno, creo que me veré más ridícula aun, si en lugar de decirlas, le aviento un papel, con la grosería escrita, en la cara a dicho moto- taxista.

miércoles, 16 de julio de 2008

La historia cambia. Las costumbres fluctúan milimétricamente a la par del paso de los años. Nada permanece estático con el tiempo. Somos así, cambiantes, camaleónicos y únicos. De esa manera, también cambian las formas de ver la vida, de expresarse, de comunicarse, de acercarse a los otros. Buscamos, constantemente, maneras de definirnos a través del lenguaje, de identificarnos, y más, de diferenciarnos. Una palabra, nos ubica en un contexto como si fuese una carta de presentación cuyos datos se circunscriben a resaltar nuestra personalidad. Por ejemplo, un naguará, te sitúa muy cerca de Lara, aproximadamente en la ciudad de Barquisimeto y a 95 metros de Carora. Igual, decir un: “vergación” te cubre por completo de un tinte marabino indiscutible. Y así pasa en cada rincón del extenso territorio venezolano; una simple frase logra ubicarte, inequívocamente, en un lugar y momento determinado.
Este hecho peculiar, ha evolucionado con el tiempo y las palabras que, en otrora, identificaban algún aspecto personal, ahora pertenecen al historial lingüístico de los “abuelos”. Este punto también logra identificar características de las personas; el hablar con términos usados años atrás, te ubica perfectamente como alguien de avanzada edad. Decir: “¿Qué estás esperando, la Billo? Te contextualiza entre los 70 y 80 cuando la era de los Melódicos y la Billo’s Caracas Boys, estaban en su máxima expresión. Eran un boom, pues…
Así ha pasado con todo, las frases y palabras típicas de cada región o sector, logran ubicar, cual GPS, a que momento o lugar perteneces. Este hecho ha evolucionada con los años; las frases que utilizaban nuestros padres y que para la época causaban furor, hoy en día fueron intercambiadas por un “burda” o un “más fino”. Ahora somos un compendio de frases extrañas que combinan un spanglish venezolanizado.
Un “burda” (palabra cuyo significado real desconozco) dicho con “r” te pinta con pollina de medio lado y un mandibuleo en los labios que - cuando hablas - emite el mismo sonido de cuando tienes dormida la lengua con lidocaína. En cambio, un “bulda” dicho con “l” te para en la acera de enfrente y, como regla sin ecuanon, montado sobre una moto subiendo los estrechos cerros capitalinos.
Así éramos, así somos y así seremos per secula seculorum.

viernes, 4 de julio de 2008

Adular,es una arte

Adular, aunque muchos piensen lo contrario, no es lo mismo que “jalar mecate”. Insisto, no es lo mismo. Adular, por ejemplo, es decirle a una persona, con visibles kilos de más, lo bien que le sienta en la figura sus nuevas curvas, sin caer en ridículas exageraciones o paroxismos absurdos. Suntuosamente, se halaga a la persona en cuestión, con el fin de ganarse su aprecio, de manera elegante y discreta. “Jalar mecate”, expresión que más venezolana no puede ser, es otra cosa. Carece de estilo, de forma, de gracia y personalidad. Es sólo jalar hasta lo injalable. Por ejemplo, decirle a un presidente que sus ideas son brillantes cuando, evidentemente, la está cagando, es un acto de simple y exclusiva “jaladera”. Adular, es otra cosa, tiene su ciencia, se practica y exige, por ley, profusa inteligencia. Es que no es fácil adular sin caer en las tristes “jaladitas” burdas y oliscosas que muchos “jaladores” de profesión ponen en práctica. El que adula, por lo general, sabe hasta donde puede llegar; reconoce que aspecto de la personalidad debe resaltar para caer en gracia. En cambio, el jalador, toma todo, lo que es y lo que no es, no escatima en epítetos, y poco le importa cómo pueda quedar su integridad humana. Jala, hasta quedarse suspendido en el aire exponiéndose a un desgarre muscular.
Pero, tampoco es una tarea fácil las que tienen los ilustres jaladores. Su trabajo también amerita cierta destreza y habilidades. Por ejemplo, estar 6 horas sentado- moviendo la cabeza continuamente de arriba hacia abajo- escuchando pendejadas en un mitin político, es una tarea olímpica y hasta titánica. ¿Sabes lo que es aplaudir durante tanto tiempo sin un solo engarrotamiento de dedos? No es fácil… Valga una ovación, pues….Lo cierto de todo este triste opúsculo, es que ambas prácticas humanas carecen de semejanza y que, por lo menos, si se van a dedicar a la jaladera, traten de ser una poco más delicados. Es decir: “Coño, jalen, pero no se guinden”.

miércoles, 25 de junio de 2008

Hoy es uno de esos días en los que te levantas triste sin una explicación aparente. Triste, porque así te parece, porque está lloviendo y la lluvia te deprime, triste porque estás en tus días, porque viste a un niño pidiendo comida, porque alguien te miró extraño, o Dios sabe por qué más. Con una licenciatura que camina a paso de vencedores, un futuro, aparentemente, lleno de triunfos y una rutina de vida medianamente divertida, me siento triste. No busco explicar, no me interesa, solo estoy triste. ¿Eso me pasará solo a mí?