En algunos momentos me gustaría ser diferente. Si, distinta de lo que soy. A veces, y es una costumbre que no me gustaría cambiar del todo, no suelo decir groserías, siempre me han parecido horribles, y más, si son dichas por una mujer. Pero hay momentos que una grosería bien dicha es insustituible. Por ejemplo, cuando en plena hora pico, cansada del trabajo, con enormes ganas de acostarte a dormir, empalmas con la autopista Francisco Fajardo, a la altura de Altamira, y te encuentras con las furibundas colas. En ese preciso momento, no cabe otra expresión que no sea un gran: “Coño e`su madre”. Es que no cabe decir: “Coye, que gran fastidio vale”, es ridículo desde todo punto de vista. Y suena más ridículo aún, si eso se lo digo a un motorizado que, con su paso despiadado, le arranca el retrovisor a mi carro: “Eres un tremendo idiota, gafo”. ¿Se imaginan la risa que le puede causar a ese zigzagueante conductor de dos ruedas, si mi cabeza sale por la ventanilla para vociferar tan estúpida frase? Pero, si en lugar de decirle semejante pavada, le suelto un : “Eres un rolitronquisimo de mama….”, seguro la cara sería otra; por lo menos pensaría que soy medio barriotera y tengo un bate dispuesto en el asiento de atrás con el firme propósito de volarle la cabeza a cualquiera. Eso cambiaría la historia. Lamentablemente, no puedo, no he podido y no podré, aunque en mis continuas visitas al psicólogo y al club de groseros contumaces anónimos de Venezuela, por lo menos he logrado escribirlas. Bueno, creo que me veré más ridícula aun, si en lugar de decirlas, le aviento un papel, con la grosería escrita, en la cara a dicho moto- taxista.
martes, 5 de agosto de 2008
miércoles, 16 de julio de 2008
La historia cambia. Las costumbres fluctúan milimétricamente a la par del paso de los años. Nada permanece estático con el tiempo. Somos así, cambiantes, camaleónicos y únicos. De esa manera, también cambian las formas de ver la vida, de expresarse, de comunicarse, de acercarse a los otros. Buscamos, constantemente, maneras de definirnos a través del lenguaje, de identificarnos, y más, de diferenciarnos. Una palabra, nos ubica en un contexto como si fuese una carta de presentación cuyos datos se circunscriben a resaltar nuestra personalidad. Por ejemplo, un naguará, te sitúa muy cerca de Lara, aproximadamente en la ciudad de Barquisimeto y a 95 metros de Carora. Igual, decir un: “vergación” te cubre por completo de un tinte marabino indiscutible. Y así pasa en cada rincón del extenso territorio venezolano; una simple frase logra ubicarte, inequívocamente, en un lugar y momento determinado.
Este hecho peculiar, ha evolucionado con el tiempo y las palabras que, en otrora, identificaban algún aspecto personal, ahora pertenecen al historial lingüístico de los “abuelos”. Este punto también logra identificar características de las personas; el hablar con términos usados años atrás, te ubica perfectamente como alguien de avanzada edad. Decir: “¿Qué estás esperando, la Billo? Te contextualiza entre los 70 y 80 cuando la era de los Melódicos y la Billo’s Caracas Boys, estaban en su máxima expresión. Eran un boom, pues…
Así ha pasado con todo, las frases y palabras típicas de cada región o sector, logran ubicar, cual GPS, a que momento o lugar perteneces. Este hecho ha evolucionada con los años; las frases que utilizaban nuestros padres y que para la época causaban furor, hoy en día fueron intercambiadas por un “burda” o un “más fino”. Ahora somos un compendio de frases extrañas que combinan un spanglish venezolanizado.
Un “burda” (palabra cuyo significado real desconozco) dicho con “r” te pinta con pollina de medio lado y un mandibuleo en los labios que - cuando hablas - emite el mismo sonido de cuando tienes dormida la lengua con lidocaína. En cambio, un “bulda” dicho con “l” te para en la acera de enfrente y, como regla sin ecuanon, montado sobre una moto subiendo los estrechos cerros capitalinos.
Así éramos, así somos y así seremos per secula seculorum.
Este hecho peculiar, ha evolucionado con el tiempo y las palabras que, en otrora, identificaban algún aspecto personal, ahora pertenecen al historial lingüístico de los “abuelos”. Este punto también logra identificar características de las personas; el hablar con términos usados años atrás, te ubica perfectamente como alguien de avanzada edad. Decir: “¿Qué estás esperando, la Billo? Te contextualiza entre los 70 y 80 cuando la era de los Melódicos y la Billo’s Caracas Boys, estaban en su máxima expresión. Eran un boom, pues…
Así ha pasado con todo, las frases y palabras típicas de cada región o sector, logran ubicar, cual GPS, a que momento o lugar perteneces. Este hecho ha evolucionada con los años; las frases que utilizaban nuestros padres y que para la época causaban furor, hoy en día fueron intercambiadas por un “burda” o un “más fino”. Ahora somos un compendio de frases extrañas que combinan un spanglish venezolanizado.
Un “burda” (palabra cuyo significado real desconozco) dicho con “r” te pinta con pollina de medio lado y un mandibuleo en los labios que - cuando hablas - emite el mismo sonido de cuando tienes dormida la lengua con lidocaína. En cambio, un “bulda” dicho con “l” te para en la acera de enfrente y, como regla sin ecuanon, montado sobre una moto subiendo los estrechos cerros capitalinos.
Así éramos, así somos y así seremos per secula seculorum.
viernes, 4 de julio de 2008
Adular,es una arte
Adular, aunque muchos piensen lo contrario, no es lo mismo que “jalar mecate”. Insisto, no es lo mismo. Adular, por ejemplo, es decirle a una persona, con visibles kilos de más, lo bien que le sienta en la figura sus nuevas curvas, sin caer en ridículas exageraciones o paroxismos absurdos. Suntuosamente, se halaga a la persona en cuestión, con el fin de ganarse su aprecio, de manera elegante y discreta. “Jalar mecate”, expresión que más venezolana no puede ser, es otra cosa. Carece de estilo, de forma, de gracia y personalidad. Es sólo jalar hasta lo injalable. Por ejemplo, decirle a un presidente que sus ideas son brillantes cuando, evidentemente, la está cagando, es un acto de simple y exclusiva “jaladera”. Adular, es otra cosa, tiene su ciencia, se practica y exige, por ley, profusa inteligencia. Es que no es fácil adular sin caer en las tristes “jaladitas” burdas y oliscosas que muchos “jaladores” de profesión ponen en práctica. El que adula, por lo general, sabe hasta donde puede llegar; reconoce que aspecto de la personalidad debe resaltar para caer en gracia. En cambio, el jalador, toma todo, lo que es y lo que no es, no escatima en epítetos, y poco le importa cómo pueda quedar su integridad humana. Jala, hasta quedarse suspendido en el aire exponiéndose a un desgarre muscular.
Pero, tampoco es una tarea fácil las que tienen los ilustres jaladores. Su trabajo también amerita cierta destreza y habilidades. Por ejemplo, estar 6 horas sentado- moviendo la cabeza continuamente de arriba hacia abajo- escuchando pendejadas en un mitin político, es una tarea olímpica y hasta titánica. ¿Sabes lo que es aplaudir durante tanto tiempo sin un solo engarrotamiento de dedos? No es fácil… Valga una ovación, pues….Lo cierto de todo este triste opúsculo, es que ambas prácticas humanas carecen de semejanza y que, por lo menos, si se van a dedicar a la jaladera, traten de ser una poco más delicados. Es decir: “Coño, jalen, pero no se guinden”.
Pero, tampoco es una tarea fácil las que tienen los ilustres jaladores. Su trabajo también amerita cierta destreza y habilidades. Por ejemplo, estar 6 horas sentado- moviendo la cabeza continuamente de arriba hacia abajo- escuchando pendejadas en un mitin político, es una tarea olímpica y hasta titánica. ¿Sabes lo que es aplaudir durante tanto tiempo sin un solo engarrotamiento de dedos? No es fácil… Valga una ovación, pues….Lo cierto de todo este triste opúsculo, es que ambas prácticas humanas carecen de semejanza y que, por lo menos, si se van a dedicar a la jaladera, traten de ser una poco más delicados. Es decir: “Coño, jalen, pero no se guinden”.
miércoles, 25 de junio de 2008
Hoy es uno de esos días en los que te levantas triste sin una explicación aparente. Triste, porque así te parece, porque está lloviendo y la lluvia te deprime, triste porque estás en tus días, porque viste a un niño pidiendo comida, porque alguien te miró extraño, o Dios sabe por qué más. Con una licenciatura que camina a paso de vencedores, un futuro, aparentemente, lleno de triunfos y una rutina de vida medianamente divertida, me siento triste. No busco explicar, no me interesa, solo estoy triste. ¿Eso me pasará solo a mí?
jueves, 12 de junio de 2008
Querido Dios, no pretendo darte más preocupaciones de las que tienes, esa no es mi intención, pero me encantaría pedirte solo una cosa : Por fa, cuando tengas un tiempito en tu apretada agenda, permite que mi amado presi- tan bello él- pueda conseguir verdaderos asesores que le digan cuando está metiendo la patita. Es que a mi me da mucha rabia que a mi presi lo tengan mal informado, porque estoy seguriiisiiima - y pongo mi cabeza bajo la cuchilla- que el no sabe nada sobre ese festival de Hommer que desfilan en los estacionamientos de los ministerios. Es que no, no lo sabe. Me lo tienen encerrado en un cuarto oscuro, desprovisto de televisión y sin manera de enterarse de las cosas que pasan aquí. Además, y eso si lo puedo apostar, que ni comida le deben dar. Pobrecito mi presi, ya lo tienen medio loquito. Por fa Dios, ayúdame porque ya no aguanto el sufrimiento de ver a mi querido y amado presi sufriendo tanto oprobio.
miércoles, 11 de junio de 2008

A veces te puedes sorprender de lo entupido que podemos llegar a ser los seres humanos sin darnos cuenta. Ayer experimenté una de las situaciones mas absurdas que se pueda alguna vez imaginar. La sala de conciertos de la Biblioteca Central; los cien años del nacimiento de Salvador Allende y toda la comitiva Chilena residenciada en Venezuela. Todo el protocolo normal que se establece en estos eventos diplomáticos entre países. El sentimiento pro allendista ocupaba las paredes elegantes de la sala. Entre estudiantes y académicos se daba inicio a una jornada que aspiraba conmemorar el nacimiento de este legendario personaje latinoamericano. Todo era propicio- y en medio de mi emoción y euforia característica- esperaba el introito de tan merecido reconocimiento. Pero, algo estaba mal, se sentía la tensión borboteando por entre los rincones; las ojeadas insidiosas de los asistentes hacia el lado derecho del recinto; la mirada perdida del rector París, mientras su cuerpo derretido ocupaba ampliamente su silla presidencial. De inmediato pensé que era normal ese clima álgido que-al parecer-solo yo sentía y que estaba haciendo estremecer mi cuerpo y mi mente. Traté de calmarme, aludiendo mi nerviosismo a la capacidad innata de elucubrar cualquier cosa en cuestiones de segundos. Ojala hubiese sido solo mi imaginación. Las voces estentóreas de los estudiantes comenzaron a pasar por encima de aquel elegante locutor que intentaba hacer las veces de Gilberto Correa. Los gritos de París- flamante rector del la UCV- retumbaban en los tímpanos de los asistentes que se negaban a dejar de abuchear y gritar: “Fuera la oligarquía de la Universidad”, mientras acompañaban la estrofa con: “Paris se quema, se quema parís”. Muté abruptamente: del miedo a la rabia, de la rabia a la pena, y de la pena a la abulia. Era un simple soliloquio. Todos gritaban, matando por segunda vez al hombre socialista de Valparaíso.
martes, 10 de junio de 2008
Carcaos

Con imagen apocalíptica, sacada de una película de Spielberg, se abre ante los ojos adustos de los caraqueños, una ciudad que parece haber sido devorada por el impío devenir de los carros: el tráfico. Nunca imaginamos, los inocentes ciudadanos, que esta ciudad llena de invaluables lugares que emulan los altos centros nocturnos internacionales, llegaría a convertirse en una famélica devastadora de nuestra salud mental. Es evidente que Caracas ha colapsado. Colapsada desde todos sus intersticios y sin la más vaga posibilidad de encontrar alguna solución. Cada esquina, cada calle, las autopistas, espacios peatonales, están ocupados haciendo las veces de estacionamiento. Los ojos refulgentes de los vehículos se mantienen zigzagueantes debatiéndose entre las estrechas avenidas que entretejen el valle capitalino. En busca de algo de paz, la única vía posible para los pobres capitalino es una destrucción masiva – puede ser por medio de una bomba o un meteorito- de por lo menos la mitad de esas mofetas que han invadido los concesionarios de todo el país. Empero, aunque mi petición goza de un verdadero sentido solidario, espero firmemente que la mirada compasiva de Dios permita que el mecanismo destructor no caiga cerca de mi hermoso carro. Amen.
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