viernes, 16 de octubre de 2009

Ojos azules de Arturo Pérez- Reverte








La masacre de Latinoamérica

Llegaron perdidos, y ansiosos. Jamás habían visto un paraje tan espectacular y creyeron ser sus dueños. De hecho, por sus cabezas pasó la idea de que el haber llegado allí los convertía en sus descubridores y la historia- triste designio- los sepultaría con esa insignia. Hasta hace poco, en las clases de historia, los educadores vanagloriaban la hazaña heroica de Colón y demás acompañantes. Para variar, los anales siempre solapan una versión destinada al destierro y luego al olvido.
Como manifiesta Mario Vargas Llosa en un prologo de su autoria dedicado a la obra de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas: "Si hay una barbarie explícita, cínica, la encarna la Compañía, cuya única razón de ser en las selvas y ríos donde se ha instalado a saquearlo, explotando para ello con ilimitada crueldad a esos caníbales a los que esclaviza, reprime o mata sin el menos escrúpulo".
Así se dieron las cosas, bajo este perfil y con la sangre indígena mezclándose con los meandros de los ríos.
Pero, despojándonos de sentimentalismos ancestrales y resentimientos obsoletos, en nuestro continente no habitaban seres despojados de toda maldad y amparados bajo la santidad de un ángel. En nuestro continente había indígenas, acostumbrados a matar, a realizar sacrificios religiosos, a extirparle el corazón a quien se atraviese a deshonrar la dinastía o el honor. El pensar que nuestros indígenas fueron mansos corderos, que aceptaron con beneplácito los abusos y desmadres de los españoles es tan risible como creer que un borracho, malandrín de quinta llamado Cristóbal Colón es el padre de un continente, que tras años de esfuerzo y sacrificios, logró descubrirlo. Por Dios, señor, ya nosotros existíamos, incluso mucha antes que usted pensara nacer- podría decirle si existiese la oportunidad-.
Es precisamente esta parte de la historia la que se encuentra reflejada en el cuento Ojos azules, de Arturo Pérez-Reverte.

El eterno amante de las batallas


Como reportero de prensa y televisión le tocó cubrir los conflictos internacionales, y tras su paso por eso derroteros, fue testigo de múltiples estallidos bélicos como la guerra de Chipre, diversas fases de la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la guerra del Sahara, la de las Malvinas, la de El Salvador, la guerra de Nicaragua, del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, de Angola, y el golpe de estado de Túnez, entre otros. Incontables historias pugnándose un lugar de honor dentro de las extensas obras que carga acuestas el escritor español Arturo Pérez-Reverte.
Es comprensible que después de estar en tantos campos armados, la mayoría de sus libros tengan como leitmotiv las batallas, las armas, los capitanes, ejércitos, sangre y muertos. La colección Las aventuras del capitán Alatriste, lo confirman.
Con un puesto dentro de Real Academia Española, desde el 12 de junio de 2003, Pérez-Reverte ha tenido sus glorias. El Maestro de esgrima logró atraparme desde el primer momento, además de parecerme un esfuerzo significativo el trabajo de investigación sobre aspectos de la esgrima que estaban soterrados en el relato. A ratos, parecía más una clase de esgrima que una historia de amor y muerte.
El club Dumas, no necesita presentación, pues hasta goza de una película protagonizada por Jhonny Deep y dirigida, nada más y nada menos, por Román Polanski (La novena puerta, 1999).

Pero esta novela, que luce más como cuento por lo corto del relato – tan sólo tiene 36 páginas- parece haber nacido como estrategia de la editorial y no como un aporte literario del escritor español. De hecho, en pocas biografías sobre Pérez-Reverte sobre sale, o se menciona, la existencia de Ojos azules.

Los ojos azules de un español

El libro lo compré el mismo día que se celebraba el otrora Día de la raza, y lo tomé sin ningún fin histórico o para reivindicar mi pasado indígena y negro. A decir verdad, me gustó su bien lograda ilustración y la solapa de lujo que lo envolvía. Además, el precio era absurdo (23 Bs.), tomando en cuenta que cualquier libro no baja de los 100 bolívares fortísimos.
No es un joya literaria, ni creo que ese haya sido el objetivo del autor, mantiene el lenguaje elaborado y enrevesado, que te transportan a los remotos años de 1520, año según la cual los aztecas dieron fin al dominio de los conquistadores en las tierras mejicanas de Tenochtitlán. La venganza más absoluta, buscaba limpiar la sangre nativa a punta de dagas, carnes desgarradas y corazones ofrecidos a los dioses.
Esa noche, mejor conocida como La noche triste cuenta la historia, según Pérez-Reverte- de cuando los aztecas juraron venganza y decidieron acabar con la vida de aquellos impíos españoles que violaron a sus mujeres, mataron a sus hombres, y saquearon sus riquezas por la vía de la crueldad más absoluta.
Cargados de todo el oro que les cabía en los jubones y bolsillos, los conquistadores emprendieron la huida hacia tierras españoles. Ojos azules, el protagonista de la historia y uno de los españoles sanguinarios, decidió no dar marcha atrás hasta llevarse todo las riquezas que había recaudado en sus años de abusos, robos y violaciones.
"El peso del oro lo reconfortaba. Había venido muy lejos a buscarlo, había peleado y sufrido y visto morir a muchos camaradas por ese oro. Él tenía la certeza de que iba a salir con bien de aquella; y a su regreso ya no tendría que arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra de caínes esquilmada por reyes, curas, señores, funcionarios, recaudadores de impuestos y alguaciles. Con aquel oro tendría para vivir bien y hacer una buena boda, para poseer su propia tierra y su propia casa. Para envejecer tranquilo, como un hidalgo, contándole a sus nietos cómo conquistó Tenochtitlán".
Como narrador omnisciente, el autor no solo hace una radiografía de aquellos acontecimientos olvidados que marcaron la historia de los hispanos parlantes, sino que, en paralelo, humaniza a quienes por intereses varios destrozaron un continente.
Viola a una de las aztecas, ésta se enamora del español y comienzan un fogoso romance. Ella sale embarazada y él decide abandonarla a su suerte y emprende el difícil retorno a su tierra. Aunque le da ese toque dulzón y cursi propio de las novelas mexicanas, la nostalgia que sentía ese español por los suaves dulces y caricias que le propinaba la muchacha pelinegra, sirve para suavizar los extensos párrafos descriptivos y onomatopéyicos que destacan a lo largo del texto.
Al final, y muy predeciblemente, el español es capturado por las eternas victimas, y con una daga le arrancan el corazón, justo después de haber deseado que el hijo que llevaba la azteca en su vientre, siquiera, tuviese los ojos azules.
Un socarrón final para un libro que no te atrapa desde la primera línea.






martes, 6 de octubre de 2009

Es una huelga, no un circo







Lunes, 28 de septiembre en la mañana

-- Chamo, yo creo que hasta hoy aguanto—dijo Marco desde su colchoneta, mientras aprieta la almohada contra su barriga.

El chico de al lado lo mira de soslayo, y vuelva a concentrarse en el juego Venezuela & Taití. Afuera, en la calle, la gente se detiene a ver el juego desde una pantalla plana. Los periodistas cuelgan los micrófonos y grabadoras; ni la presencia del Alcalde Mayor los saca de su letargo. Goooollll, grita un técnico y la extinta CNB (que se encontraba transmitiendo por Internet desde el lugar) los acompaña eufóricos. ¡Eso es Venezuela, tú puedes!

-- Mi vida, no llores, tú sabías que esto no iba a ser fácil – le dice Sebas a Irene, agarrándole un brazo y llevándola hasta la colchoneta --. Si te sientes tan mal puedes darte de baja hoy, nosotros entendemos.

Del otro lado de la carpa, un grupo de muchachos del movimiento 100% tratan de ver la pantalla, pero el bululú se los impide. La única mujer del grupo señala con el dedo índice de la mano izquierda, y con el codo derecho tropieza al otro, indicando a la dirección que debe mirar.

-- Ves, llegó Leopoldo. Estos son el tipo de vainas que me impiden sumarme a la huelga—dice ella visiblemente disgustada--. Dejan que se metan los políticos y se adueñan de todo.

-- De pana—responde el más alto y se acomoda los lentes para ver mejor--. Y Leopoldo, que más devaluado no puede estar. Que cagada. Si dejamos que se metan los políticos, nos jodimos.

Al frente de la huelga de hambre, como parte de las ironías del destino, se encuentran dos panaderías, repletas por los fisgones, vecinos y familiares de los estudiantes.

-- Vente, chamo. Tengo full hambre y me da paja con los carajos comer allá. Vamos a quedarnos aquí—dice el técnico de Globovisión--. ¿Será que les llevamos unos pastelitos?—sonríe con burla desde el mostrador.

Una señora, vecina del sector, pide una bomba con bastante crema. Parece no darse cuenta de los estudiantes, posiblemente es una mujer despistada, y pasa frente a los huelguistas saboreando el postre rebozado. Por el borde de los labios corre la crema chantillí, y como si fuese una niña con un helado, se chorrea todas las manos. Se lame los dedos y cierra los ojos. ¡Señora, por dios… podría darse la espalda, no se da cuenta de que los muchachos están pasando hambre!

-- Coño, verdad. Disculpen muchachos, no me di cuenta—dice apenada y se devuelve a la panadería. Regresa con una bolsa repleta de pastelitos y por la entrada derecha a la OEA, se los entrega al stand de donativos.

De nuevo en la carpa, esta vez Ricardo, se queda embobado viendo la panadería. Trata de apoyarse de los codos en la cama, pero la debilidad por las horas sin comer, le da un empujón y cae de nuevo sobre su espalda.

-- Marico, el olor a pan me tiene mal. Debimos hacer esta huelga en otro sitio, uno que no tuviese dos panaderías al frente. Esto es una tortura.

El otro huelguista le da la razón y se levanta de la cama como si tuviese resortes en los zapatos. ¡Muchachos, allá vienen las autoridades del la UDO Oriente! ¡Llegó la hora de declarar!
Los muchachos, que minutos antes dormitaban en sus camillas, hacen fila india hasta la esquina en donde permanecen los periodistas. Unos diez estudiantes deciden ver la rueda de prensa desde su sitio, y otros prefieren seguir durmiendo.

-- Señores, por favor, traten de no agitarse mucho porque ya las defensas están bajando—grita una de las enfermeras, pero no logra calmar la euforia de los presentes.

Marcos, uno de los primeros huelguitas del estado Anzoátegui, mira al grupo apiñado alrededor de las cámaras y, de inmediato, les da la espalda.

--Que bolas—comenta con voz baja a su compañero de huelga y de estudios--. No pueden ver una cámara porque les sale energía de no sé dónde. No joda, yo no puedo ni ir pa’l baño sólo porque me caigo e’ jeta.

-- Igual yo—responde el amigo, también estudiante de la UDO-Oriente--, Pero no nos hagamos los pendejos, tú sabes porque ellos están así.

Marco se coloca el dedo en los labios ¡Shuu!, habla bajito, acuérdate que puede haber infiltrados de la Hojilla. El otro se pone la almohada en la boca, y se ríe de su picardía. Ambos agarran los vasos plásticos llenos de agua, y lo beben con desesperación.

Una señora, que se ofreció desde el segundo día de la huelga como colaboradora, pasa con una libreta por cada una de las camas. ¡Aquellos que quieran algo, avísenme para anotarlo! ¡Yo, quiero suero! ¡Yo quiero Gatorade! Se escucha como un coro de voces en la iglesia.

Alrededor de tres ruedas de prensa se hacen por día, y el mismo grupo de estudiantes, se organizan para estar en la misma posición frente a los espectadores. ¡Tú a mi derecha, el detrás de mi porque es muy alto, y tú al lado de aquel!, era la instrucción que giraba como comandante de un pelotón militar.
Los abogados de la moción, les hacen gestos de aprobación con las manos a los muchachos y saludan a los mirones. La jefa de prensa de la huelga- si, jefa de prensa- les informa a los periodistas la hora exacta en la que piensan hablar los voceros estudiantiles y los abogados.



El mismo lunes 28, en horas de la tarde

-- Chamo, que escondas ese vaso—le grita el organizador a uno de los huelguistas

-- ¿Qué te pasa, marico? No puedo tomar agua tampoco—le responde molesto y se bebe de un soplo lo que quedaba en el recipiente.

-- Agua sí, pero esa vaina que estás tomando no es agua—insistió.

-- Es suero, mariquito, y que yo sepa la idea de la huelga no es que nos muramos todos como pendejos. Ya el agua me da náuseas. ¡Guacala!

La huelga trascurre en una tensa calma. Una ambulancia se lleva a Marcos, que tiene la glicemia baja y principio de asma. Vomita dos veces, y acepta ser trasladado al Urológico de San Román. De 6 a 7 de la noche, se llevan a dos estudiantes más, y una mujer va con ellos. Ella llegó pesando 52 kilos, y ya está en 47. ¡No puede seguir aquí!, dice la enfermera.

A las doce de la madrugada ya no hay medios, ni periodistas. Sólo quedan los estudiantes, unos cuentos vecinos, y las madres de los muchachos.
Con la oscuridad de la noche, todo parece olvidarse, incluso, la propia huelga. Los organizadores se despiden y van a sus casas, pero antes, se acercan a los ayunados y les dan instrucciones. Unos asienten con la cabeza y otros manifiestan su desacuerdo.

Ya a las 2 am, sólo quedan las madres más preocupadas, compartiendo las colchonetas con sus hijos. Desde una equina, un estudiante se levanta y se va al stand de donativos. 5 minutos después regresa, y se cubre todo el cuerpo con una sábana.
Si alguien se para desde lejos, a una cuadra, verá varios torsos cubiertos con sábanas, moviendo las manos debajo de ellas, muy cerca de la cara. Formas graciosas, muy similares a los juegos de niños cuando se esconden debajo de sus camas para hacer travesuras o jugar a los fantasmas.

Un nuevo día, ya en la mañana

-- Es hora, ya quiero sacar a mi hijo de aquí—dice una madre a otra—El se niega a comer, dice que su compromiso es más grande que el hambre, pero me da rabia que sean pocos los comprometidos—murmura.

-- Al mío lo saco hoy, no me interesa lo que digan estos abogados ni el tal Julio. No voy a dejar que se muera mi muchacho.

Con ayuda de su hermano, Iván, estudiante de Bolívar, se levanta y sale de la zona huelguista. Pasa por el baño sólo para huelguistas y, al salir, se detiene frente al grupo de sus compañeros.

-- Debemos terminar esto, muchachos —dice Rebe a sus congéneres—Continuar sería un suicidio a nuestra idea inicial.
-- Estamos contigo; además, ya esto parece un concierto, sólo falta que Yordano venga a cantarnos una canción en dueto con Soledad Bravo—responde un moreno alto que ha perdido 5 kilos durante la huelga.

Al frente, Luis Chataing y El Guille saludan y dan besos, mientras algunos estudiantes hacen poses para salir bien en las fotos y montarlas en el Facebook.

-- ¿Ves lo que digo? Ya esta vaina se volvió un circo.

Al frente de las cámaras, dos jóvenes muestran sus labios parcialmente cosidos, y los abogados los vigilan dándoles la venia.

-- Si seguimos así, no dudo que nos convirtamos en la segunda plaza Altamira. Los actores animando la vaina; Servando y Florentino diciendo “Dejen de cantar las canciones de mi papá”; y la gente de RCTV llorando por sus equipos.

Las risas rompen las caras largas y palidecidas. Unas cuantas horas después, los tuiteros comentan sus opiniones a favor o en contra de la culminación. Desde VTV, Silva, muestra las fotos de huelguistas comiendo arepas y hamburguesas.
Los restaurantes de la cuidad capitalina, en especial sus dueños, celebran que la huelga terminó.
Las dueñas de las tiendas de ropa que quedaban escondidas tras las tienda de campaña “Ayunera”, arreglan los maniquíes y colocan 50% de descuento en toda la mercancía.
Muchos de los estudiantes, unos 30, quizás menos, deciden volver a sus estados y borran los contactos telefónicos de los voceros estudiantiles y de los abogados.

La calle Orinoco de las Mercedes, vuelve a su eterna rutina y la lucha estudiantil queda solapada bajo la historia de unos pocos.

jueves, 1 de octubre de 2009

Introito de una huelga

Si un extranjero pasaba por ahí, como parte del recorrido obligado de cualquier turista, fácilmente podía aludir lo que veía a un refugio para los heridos que dejan los conflictos bélicos. Muy probablemente, echaría un vistazo y confirmaría su hipótesis al ver a un grupo de personas apiñadas en camas y colchonetas, refugiados bajo una cubierta de tela que los protegía del sol.

Posiblemente, el extranjero trataría de acercarse más, a fin de poder describir lo que realmente pasaba. También es seguro que al ver los médicos y enfermeras midiendo la tensión de los caídos, tendría una buena historia que contar a sus coterráneos cuando llegase a su país.

--Guauu, en Venezuela vi un refugio de guerra en plena avenida, frente a tiendas de ropa-- diría el pobre ingenuo, quizás en papiamento.

Lamentablemente, la situación era tan extraña y agobiante que nadie se atrevería a sacar del error al visitante. "Afortunadamente" para los residentes este país, Venezuela, aquellas personas acostadas en la calle, no eran heridos de reyerta alguna, ni tampoco refugiados de un desastre natural: Eran estudiantes que, silenciosamente y bajo una huelga de hambre, buscaban un objetivo.

Comenzaron desde el Oriente del país, específicamente en Anzoátegui, y al primer día de comenzada, se dieron cuenta que no estaban dentro de la agenda de los medios, es decir, las cámaras no hicieron cobertura del ayuno. Sólo fue el reportero del Sol de Maturín, pero ¡Bah, quién lee la prensa!

De allí, lo sesudos abogados Tamara Sujú, Alfredo Romero y Gonzalo Himiob decidieron apoyarla la moción y trasladarla a Caracas, pues desde la OEA y en cama, sería más fácil que los medios de comunicación- nacional e internacional- le dieran la verdadera importancia.

En menos de un día ya estaban apostados (acostados) dando declaraciones, y para el segundo aquello tenía otro color; el perímetro estaba cercado con cintas amarillas, los policías de de Baruta trancaron la calle Orinoco de las Mercedes, y los periodistas hacían gala de su mejores dotes, saltaban bardas, evadían las prohibiciones y preguntaban hasta recibir lo que necesitaban.

Tenían todo un aparataje técnico: cornetas amplificadas, un televisor para entretener a los chicos, recipiente para recaudar las donaciones, un stand para dar información acerca de los insumos que necesitaban los manifestantes y un equipo médico dispuesto las 24 horas del día para monitorear, cada 15 minutos, la salud de cada estudiante.

Pero, detrás de eso, había algo más. Había una propuesta, una buena idea, la chispa de originalidad que muchos estaban pidiendo, una actividad distinta a la maltrecha Mega marcha.
Esa, la escondida y la olvidada, es la que pretendo contar en este portal.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Sobre los traumas de la infancia



El sueño frustrado de toda mi vida fue ser bailarina. Cuando pequeña, me ponía una falda azul y daba vueltas como trompo por toda la casa. Me paraba de cabeza, hacía coreografías con mi hermana y en cuanto baile, fiesta o evento escolar saliera, yo levantaba mi mano y era el primer chicharrón. El baile era para mi lo que una Barbie era para cualquier niña, una diversión y una cuota de felicidad.

A pesar de mis deseos, mi madre jamás me inscribió en ninguna academia, ni de ballet ni de música tradicional ni de nada. Su argumento siempre fue el miedo que le tenía a dejarme sola en cualquier parte o, en su defecto, dejarme a cargo de otra persona que no fuese ella. ¿Sobre protectora? Si, bastante.

Mientras ella se negaba, yo insistía en asirme de la falda y mis zapatillas improvisadas (unas muy parecidas a la que se ponen con los disfraces, pero con cintas y pinturas echas por mí) como un rescatado se aferra a los recuerdos. Era mi pelota Wilson.
Con ese deseo crecí, y apenas entré al bachillerato y había adquirido un poquito de libertad, me fui directo a la fundación Bigot para empezar clases de danza nacionalista.

Allí estuve felices 4 años haciendo bailes para la celebración del Día del Liceo. Un día la fundación cerró sus puertas y se mudó a la tan lejana – para mí- localidad de Catia. Desistí del baile, pero con la promesa debajo del brazo que si en algún momento yo tenía una niña, la enviaría directo a una academia, así ella decidiera salirse después.

Sueño frustrado por segunda vez

Hace 6 años llegó a mi vida una pequeña loquita. Nació de mi hermana y colgó en mi pecho la insignia de tía. Es una loquita irremediablemente parecida a mí, que con cada gesto u acción me hace viajar por la enrevesada y enmarañada autopista de los recuerdos.

Cuando se paró, por primera vez, en sus débiles piernas, lo primero que hizo fue bailar. Definitivo, es igual a mí.
Baila todo lo que le pongan, desde merengue hasta los jingles de las cuñas y desde los aplausos hasta los silbidos.
Siguiendo el guión de la historia, a la pequeña tampoco la han inscrito en nada, con la maravillosa diferencia que apenas tiene 6 años.
Ella sigue bailando, y yo me limito a auparla cuando termina su performance.

No se sí esto tenga relación con su persistente inclinación a las artes –pues aparte de bailar también pinta- pero recuerdo que su nombre, escogido por mí, fue el de una famosa artista estadounidense, música, poeta, dibujante y artista experimental de performance, en los que combina música minimalista, diapositivas y reflexiones irónicas sobre el lenguaje.

Yo sólo espero que la historia no haga su pirueta cíclica y que ella sí logre lo que su tía no pudo siquiera empezar.
Aunque eso no significó un dolor incurable para mí, capaz de hacerme perder la razón o arrojarme hacia la misantropía, siempre es bueno poder hacer todo lo que se ha querido.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Cuando se amanece cursi y enamorada del país

Desde hace unos cuantos años, Venezuela parece ir montada en jet, viaja a mil revoluciones por segundo y no se detiene. Todos los días, el ciudadano se encuentra con una nueva información, con algún cuento, con una novedad. Hasta el más despistado o apático, ve de soslayo el titular de la prensa. El chiste: “De Venezuela se puede decir todo, menos que es un país aburrido”, nos describe perfectamente. Somos un país demasiado acontecido. En definitiva, tenemos miles de cosas que contar y son opacadas por tanta diatriba política. Somos un país que se levanta temprano, que cuela su café y sale a trabajar. Si se logra ver por la rendija, verás a una madre corriendo para llevar a sus hijos al colegio; un taxista limpiando el interior del vehículo para recibir a su primer pasajero; el estudiante sonriendo con sus amigos en el camino hacia la escuela; un comerciante subiendo la santamaría, y una abuela leyendo periódico desde su mecedora. Sin duda, somos un país digno de contar, que necesita gente que la comente bonito, desde el alma.
(continuará)

lunes, 21 de septiembre de 2009


Hoy es día de la paz, y más allá de las frases cursis y empalagosas que se estilan para estas fechas, prefiero mantener en mi mente lo ocurrido ayer en la tierra del guaguancó: Cuba.
Más explicaciones y comentarios de los que surgieron desde las redes sociales y medios de comunicación, lo que pueda decir aquí se pierda como una brizna de papel en el mar, pero sí me gustaría que el concierto de Paz sin frontera no quedara como sólo un espectáculo flanqueado por rumores y expectativas. Lo de ayer fue místico, épico, impensable y, aún así, fantástico: Lograr que miles y millones de personas limaran sus diferencias y paroxismos políticos, tan difíciles de derribar como las posturas religiosas.
Cientos de cuerpos expectantes, desde la famosa Plaza de la Revolución, con el sol tostándoles el rostro esperaban la presencia de artistas que jamás pensaron ver, lo que me dejó una frase celebérrima y que, aparentemente, ha perdido sentido: Jamás se debe dejar de soñar.
Muchas palabras pierden sentido de tanto usarlas, como un jabón pierde consistencia o como la memoria adquiere bemoles, pero el reto es ese, esforzarse por mantenerlas vivas y en forma; usarlas con conciencia y no por formar parte del esnobismo. Libertad es una de ellas. De tanto manosearla por unos y otros, y de tanto esgrimirla por fines varios (muchos de ellos inconexos con su significado) parece que se ha vuelto amorfa. No importaban el millón y tanto de personas bailando y cantando, lo que realmente valía, para muchos, era que algunos de los artistas dijeran la palabra Libertad, como si eso significara un punta pie en la moral de Fidel y sus seguidores.

Ayer, los frenéticos y maliciosos esperaban que resonara con fuerza la palabra libertad, incluso surgieron apuestas encontradas en torno a la posibilidad de que Juanes la pronunciara. Hubo más que esa palabra: hubo mensajes mucho más fuertes, más contundentes y sinceros, que juntos resumían la tan esperada palabra: “Por una sola familia Cubana”; “Cambiemos el odio por amor”, “La guerra es una mierda y el conflicto es una mierda”. ¿Realmente hacía falta la palabra Libertad? No lo creo.

Ayer reinó la paz y la libertad, y hasta el más escéptico y fanático no logró despagar sus ojos antes tamaña demostración de amor por un pueblo lacerado durante años. Porque es así, el amor no se demuestra repitiéndolo hasta el hartazgo, sino pasando por encima de los prejuicios y comentarios; arriesgando, por así describirlo, su estatus. La paz no se logra ubicándole un día en el año para celebrarlo y colocándolo en el almanaque, se logra llamando a los pueblos, a la gente; uniendo los intereses, los sueños, las alegrías y penas afines; hablando un mismo lenguaje y gozando sin remordimientos.

Ese pueblo gozó como quería, y si eso no es algo parecido a la libertad, entonces no sé qué es. Y con esto no pretendo esconder debajo de mi falda las profundas desigualdades y vicisitudes por las que han pasado los cubanos. No soy tan inocente e ingenua. Ya hoy, ese mismo pueblo volvió a sus carencias y necesidades, pero ayer se mutó, se transformó en prueba invaluable de esperanza, amor y paz. Prueba de que para cambiar al mundo lo que se necesita es ganas de hacerlo; cojones para lograrlo y oídos sordos ante los malos augurios.
Para mí, la paz va más allá del concepto que le otorga la Real Academia o lo que dicen los sesudos literatos y politólogos del mundo. Desde ayer, para mí la palabra paz se resume en una sola imagen: Una tarima repleta de voces distintas y rodeadas de miles de almas cumpliendo un sueño.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Sin tiempo


Sin tiempo para leer es algo que siempre me ha mortificado. Desde que comencé a sentir amor por los libros y las historias que me contaban, me afané por leer todo y cuanto me caía en las manos. Cada vez que tenía tiempo, me sentaba en el sofá de mi casa y leía hasta terminarlo o por lo menos dejarlo a la mitad.


Durante mi carrera, la carga académica comenzó a soplarme la palmera, me obligó a colgar lo libros como un púgil deja los guantes cuando la edad le toca la puerta, y pasaba meses tratando de terminar unas cuantas páginas. Para contrarrestar el golpe, leía apenas me montaba en la camioneta; desde las 4 estaciones que me acercaban a la escuela de comunicación; cuando el profesor no llegaba y mientras hacía la cola para el comedor.


Luego, en las vacaciones y a pesar de lo paradójico, entre la playa, las fiestas y la vagancia, leía bastante poco y justo antes de comenzar las clases hacía votos de castigo para reprocharme la pereza desbordada. Ya graduada, me dediqué a leer mientras esperaba la famosa llamada laboral; pasaba horas acostada en el mismo sofá, dejando los ojos página por página, analizando la estructura y la voz del narrador.


Era feliz cada vez que ponía un nuevo libro en mi biblioteca y compraba como loca un ejemplar por semana. Ya no tengo tiempo, siempre vivo corriendo y frente al volante es muy difícil prestarle atención a la lectura. Sin embargo, el amor sigue intacto, inmaculado y a la espera; no me termino los libros en dos semanas pero me mantengo en la lucha por tener mi cuenta cuentos en la mesita de noche y doblándome el lomo mientras ocupa la cartera. En la oficina me llaman Comelibros, porque cada vez que tengo la posibilidad me abstraigo del mundo y solo estamos el y yo.


Ahora que ya trabajo y mis responsabilidades han aumentado, siento un poco de nostalgia por esas horas que dedicaba en esa peculiar distracción que pocas personas entienden; ese placer insondable que encierra la lectura y que sólo conocen los que han sido atrapados por el mismo virus. Recuerdo un día que alguien me preguntó por qué me gustaba leer y no supe que responderle mas allá de un simplón “porque me gusta”; pero si de nuevo surgiera en mi camino esa interrogante respondería como Firmin (la ratica come libros que inventó Savage): el placer de la lectura y de los libros es muy parecido al que produce el olor a café recién hecho por la mañana.