El antecedente de una hermana tranquila y obediente, marcaron mis primero años de vida. No recuerdo muy bien mis travesuras, pero tengo unas piezas inconexas en mi cabeza que se han formado a través de los cuentos familiares. Mi madre siempre cuenta que a los cinco años tuvo que llevarme al psicólogo, pues necesitaba entender por qué mi comportamiento era tan descontrolado si mi hermana mayor siempre fue, digamos, “juiciosa”.
En plena cita con el psicólogo de la universidad, no paré de subirme y bajarme, como un resort0e, de las sillas. Mientras mi mamá hacía actos desesperados para que dejara de brincar por todo el consultorio, yo no dejaba de menarme cual trompo por todo el lugar. Sin embargo, cuenta mi madre, que la doctora permanecía callada, con la mirada fija en mis movimientos, esperando que el efecto normal del cansancio hiciera mella en mi excesiva energía.
Para mi madre fueron los 30 minutos más insoportables de la historia. Aunque me había llevado para allá por mi desenfrenada inquietud, algo es su rezagada fe le decía que yo podría portarme bien en la cita médica, cosa que muy a su pesar no sucedió. Al parecer me lo advirtió antes de salir: “Hija, por favor, trata de no portarte mal. Hazlo por mami, ¿si?”. A lo que yo, presuntamente, respondí: “Claro mami, me portaré bien, como siempre”. Ante esa repuesta, creo que mi madre no quedó muy contenta, por lo que ahora, a uno cuantos años después, no entiendo cuál fue su sorpresa con mi comportamiento.
Vamos, digo yo ahora, ¿acaso no me llevó porque me estaba portando mal? Entonces, ¿por qué esperaba otro comportamiento de mí? La idea era que la doctora se fijara en lo inquieta, dispersa y tremenda que era la pequeña niña, ¿no?.
Pues bien, sigamos el relato. En la cita, no sólo me encaramé en la silla, también canté, bailé y hasta grité. La doctora, por su parte, me miraba con inquietud, anotaba en su cuaderno y echaba sonrisas de soslayo. ¿Qué cómo supe eso? Pues mi madre me lo contó.
La doctora se reía y me miraba. El diagnóstico fue desolador para mi mamá, al menos eso creo yo, pues ella esperaba que la doctora diera un cuadro similar a esto. “Exceso de dulce, redúzcale dosis de chocolate y malta; dele bebidas con agua de lechuga y trate de meterla en algún deporte de alto contacto”. En lugar de eso, la doctora solo dijo: “La niña está perfecta, tiene una dieta balanceada, duerme lo necesario y su actividad física es la indicada. Sólo es tremenda y le gusta jugar”.
Mi madre salió ofendida, perdió toda una tarde, gastó un dineral en comida y dulce para mi hermana y para mí, mientras la doctora sólo le dijo “La niña es tremenda”…. “De bolas que es tremenda – decía mi madre- si fuese una tranquilita no la traigo al psicólogo ¿No cree?
De ese episodio, solo recuerdo el final, cuando mi madre asió su cartera y me agarró de un brazo, mientras mascullaba algunas frases que se perdían en el aire. ¿Qué donde estaba mi hermana? Pues callada, y siempre “juiciosa” de la mano de mi mamá.
COMING SOON...
viernes, 5 de marzo de 2010
sábado, 20 de febrero de 2010
Caracas me susurra al oído

Lo confieso, extraño a mi ciudad. Me costó mucho reconocerlo, pues eso pondría en tela de juicio mi salud mental. Lo cierto del caso es que extraño, inexplicablemente, ese caos rodeado de tanto Ávila y tanto cielo bonito. Reconozco, sin embargo, que la tranquilidad y el silencio son indispensables para levantarse en la mañana con ganas de sonreírle a la vida. Lamentablemente, tanto silencio y paz emigraron, desde hace tiempo, muy lejos de Caracas y juraron no volver.
Vamos, seamos sinceros, levantarse en las mañanas con el incesante corneteo de los carros dándote los buenos días, le quita la sonrisa de la cara hasta al más optimista. Pero Caracas es así, todo un misterio, porque por más que te sabotee la sonrisa y te escamotea la felicidad con todo su desorden, no hay manera de dejarla de querer y hasta extrañar.
Recuerdo mi viaje a Bogotá, una ciudad de un silencio sublime y hasta irreal, en donde nadie grita “En la parada” o “Dame un marroncito ahí”; una ciudad en donde la gente espera la luz del semáforo para cruzar, y los motorizados van del lado derecho de las vías. Sin embargo, y ante un paisaje mágico y soñado, mi amiga y yo no parábamos de comparar las calles con las de Caracas. Montadas el TransMilenio (la quimera con nombre de Bus Caracas) íbamos buscándole el parecido con algún paisaje capitalino: “Mira, aquella esquina se parece al centro”-decía M con total alegría- “Ves, esta se parece a una esquina de San Martín”- le respondía yo” “Mira, Caracas es más bonita vista desde el Ávila- dijimos al unísono, mientras mirábamos Bogotá encaramadas en la Monserrate.
Caracas, nos susurraba al oído.
Si, era una rutina un poco desquiciada, pero nos hacía sentir un pedacito de nuestra ciudad guardada en el bolsillo, en el corazón, en la conciencia.
Aquí en Margarita la tranquilidad es palpable y hasta absurda, tomando en cuenta que es parte de Venezuela; las colas son reflejo de las temporadas turísticas, y el tiempo te alcanza para hacer justo lo que querías, sin salir con 3 horas de anticipación. Por ejemplo, si tengo que llegar a una cita a las 2 de la tarde, no salgo a las 12 de mi casa para poder llegar temprano, tan sólo espero 20 minutos antes de la hora pautada y listo, llego a tiempo y hasta me da chance de tomarme un café.
Sin embargo, Caracas me susurra en el oído.
La semana pasada, mi esposo y yo queríamos comer Cinarrol, si, esos simples enrollados de harina y canela que se me quedan acumulados en los extremos de las caderas y son tan difíciles de sacar con tan solo una dieta, pero como en Laisla hay un solo Cinnamon Roll, la cola para comprarlos era infernal. Obvio que el problema no era la cola, pues en Caracas se debe hacer cola hasta para entrar a un hotel, el asunto, el meollo, son las cortas posibilidades que estaban en la mano: o comíamos allí o simplemente no se comía nada, así de sencillo, no había para donde agarrar. Por su puesto, cuando llegamos a la caja ya no había el roll que queríamos y nos quedamos con las ganas. En medio de mi rabia, y con ganas de agarrar el primer avión hacia “la capital”, grite en pleno Sambil: “ ¿Ves? En Caracas hay mil quinientos Cinnamon y mil centros comerciales en donde irlos a comprar. Que cagada e’ pueblo”.
Otra vez mi ciudad me susurraba al oído “Nunca podrás olvidarme”.
La verdad es que en Margarita tiene muchas cosas: un solo cine (en 2 meses que tengo aquí, no he podido ir al cine porque se agotan las entradas incluso antes de comenzar a venderlas), dos restaurant que venden sushi, ni un solo Ashanti y cuatro Farmatodo…. De allí, solo el mar abriéndote los brazos, restaurantes con precios insólitos, un espléndido puerto libre y cualquier cantidad de discotecas que te hacen un poquito feliz la vida. El precio de la variedad se paga con la posibilidad de manejar a 80 kilómetros por hora a las 8 am.
Igual Caracas me sonríe, me pica el ojo con malicia, me saluda y me invita a volver, porque si algo tiene ella es que para el sitio al que te vayas siempre te susurrará en el oído: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebras”.
jueves, 21 de enero de 2010
Historias de una tragedia
Nació en Puerto Príncipe, y desde pequeño su madre lo convirtió en devoto de la Virgen del Perpetuo Socorro. A ella rezaba todas las noches antes de acostarse. A ella rezó esa noche mientras veía su casa en ruinas.
Entre canto y alabanzas, recuerda los segundos que le arrancaron las esperanzas como quien le quita la piel a un conejo para luego engullirlo con total desesperación.
Su rostro no muestra lágrimas, pues en medio de su fe estaba convencido que la fuerza divina había mandado esa insondable prueba. Sólo pide que su Santa Madre hubiese muerto rápido y sin sentir mucho dolor.
*******************
Mientras el sol tostaba su piel, René recogió fragmentos soterrados bajo los escombros para darle un refugio a su pequeña hija de 3 años. Logró sacarla del cuarto antes de que el techo cayera en la única cama de los 50 metros que formaban su hogar. La niña no quiere comer, sólo llama a su madre con gritos desgarradores. Ella no está…murió esperando ayuda.
René la deja sola, pues el camión que surte los alimentos pasa por Cabo haitiano a las 5 pm para dejar los alimentos. Tiene que pelar con 50 hombres, 50 hermanos, para llevar un plato de lentejas.
*******************
Decidió partir de Haití. Cada vez que siente un leve movimiento de tierra, se lanza al suelo y reza a Dios. Perdió todo en la tarde de ese martes, su esposo, su hijo, su casa, su vida. Voltea y solo ve destrucción, robos y miseria humana, de esas miserias que obligan a un hombre a robarle la ropa a una familia pobre, se esas miserias que te hacen sentir pena y dolor.
Con un trozo de tierra en la mano, se monta en un buque dominicano que la llevará al recuerdo y a la soledad.
******************
Tiene 12 años y busca incansablemente a su familia. Estaba dormido cuando un árbol tumbó la mitad de su casa. Salió corriendo despavorido y no recordó que sus padres dormían en el cuarto contiguo. Tiene esperanza de encontrarlos. Ya no reza, ya no cree en Dios…No entiende porque a su pueblo lo sacudió tan brutal embestida. Bastante tienen con la pobreza inoxidable que llevan tatuados en la espalda desde su nacimiento.
Vaga por el oeste de Puerto Príncipe. No habla con nadie. No quiere comer, sólo quiere encontrar los restos de sus seres queridos.
Entre canto y alabanzas, recuerda los segundos que le arrancaron las esperanzas como quien le quita la piel a un conejo para luego engullirlo con total desesperación.
Su rostro no muestra lágrimas, pues en medio de su fe estaba convencido que la fuerza divina había mandado esa insondable prueba. Sólo pide que su Santa Madre hubiese muerto rápido y sin sentir mucho dolor.
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Mientras el sol tostaba su piel, René recogió fragmentos soterrados bajo los escombros para darle un refugio a su pequeña hija de 3 años. Logró sacarla del cuarto antes de que el techo cayera en la única cama de los 50 metros que formaban su hogar. La niña no quiere comer, sólo llama a su madre con gritos desgarradores. Ella no está…murió esperando ayuda.
René la deja sola, pues el camión que surte los alimentos pasa por Cabo haitiano a las 5 pm para dejar los alimentos. Tiene que pelar con 50 hombres, 50 hermanos, para llevar un plato de lentejas.
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Decidió partir de Haití. Cada vez que siente un leve movimiento de tierra, se lanza al suelo y reza a Dios. Perdió todo en la tarde de ese martes, su esposo, su hijo, su casa, su vida. Voltea y solo ve destrucción, robos y miseria humana, de esas miserias que obligan a un hombre a robarle la ropa a una familia pobre, se esas miserias que te hacen sentir pena y dolor.
Con un trozo de tierra en la mano, se monta en un buque dominicano que la llevará al recuerdo y a la soledad.
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Tiene 12 años y busca incansablemente a su familia. Estaba dormido cuando un árbol tumbó la mitad de su casa. Salió corriendo despavorido y no recordó que sus padres dormían en el cuarto contiguo. Tiene esperanza de encontrarlos. Ya no reza, ya no cree en Dios…No entiende porque a su pueblo lo sacudió tan brutal embestida. Bastante tienen con la pobreza inoxidable que llevan tatuados en la espalda desde su nacimiento.
Vaga por el oeste de Puerto Príncipe. No habla con nadie. No quiere comer, sólo quiere encontrar los restos de sus seres queridos.
miércoles, 6 de enero de 2010
Cita de un poeta bogotano
Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan, ahora que albando la toca las altas suenas campanan; y que los rebuznos burran y que los gorjeos pájaran, y que los silbos serenan y que los gruños marranan, y que la aurorada rosa los extensos doros campa, perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas y friando de tirito si bien el abrasa almada, vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas.
Por José Manuel Marroquín.
Por José Manuel Marroquín.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Zapatos colgados

Valentina se paró muy temprano y se calzó sus viejos zapatos de marcha, esos que había comprado única y exclusivamente para salir a ejercer su democrático derecho: la protesta. Estaban desgastados y sucios, tanto o más que sus esperanzas de que las cosas cambiarán a través de las caminatas, los pitos y las consignas. Le echó una enjabonada a su paciencia y encendió el televisor para ubicar la posición de la marcha y el número de personas: “Una más puede marcar la diferencia”, era su lema favorito.
En la pantalla, uno de los voceros principales invitó a la comunidad para que se uniera a la “masiva concentración”, mientras mostraba la camisa del partido político en ciernes y esgrimía la bandera de las primarias como único mecanismos para escoger las candidaturas. Al cambiar el canal, apareció otra figurilla, de esas que deberían convertirse en arena para soplarlas, y alegó que las primarias son artilugios políticos para dividir a la oposición y que deberían ser tomadas en cuenta sólo “cuando el caso lo amerite”.
Justo frente a sus ojos, Valentina era testigo de una disputa sin sentido: militantes de un mismo bando, antiguos compañeros de partido, se enlazaban en una batalla sin cuartel, mientras el “supuesto rival” se perfila en el camino de las parlamentarias, resguardando bajo el silencio cómplice los conflictos internos. En paralelo, y para desgracia de Valentina, sus dirigentes se insultaron y desmoralizaban los unos a los otros, sin disimulos, sin medias tintas, y en los principales medios de comunicación, lanzando por el caño las estrategias políticas más adecuadas para el triunfo.
En ese mismo instante, mientras tomaba café, Valentina sintió un fuerte punzón en el estomago, como si del techo cayera una estaca y se clavara justo en su cabeza. Era una sensación familiar, pues había adquirido desde pequeña un mecanismo para convertir los estremecimientos traumáticos en imágenes novelescas y dramáticas: la traición era para ella como si le atravesaran el cuerpo y la dejasen sangrante en la mitad de la sala.
Así fue la sensación, adivinó segundos después, había sido traicionada y su cuerpo yacía sangrante y divido, pero ahora en la cocina de su casa y frente al televisor. Tomó el control y pulso el botón rojo, tomó su taza de café y se quitó sus zapatos de marcha. Los guardó con cuidado para tiempos mejores, aquellos que le devolverán la confianza y la fe.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Una ciudad que no es mia
Se presentó gentil, sin colas, sin gritos, sin desorden. Me recibió de noche y bajo un clima afable, hecho curioso por tratarse de una isla cuyo clima normal sobrepasa los 30 grados en la sombra. Yo venía ensimismada, guardando las ganas de llorar bajo la hermosura de un paisaje caribeño y esplendido.
El sol me abría los brazos, y la tranquilidad del mar me arropaba la nostalgia como una cuna resguarda suavemente los sueños de un bebé. Sin embargo, era difícil no pensar en las cosas que dejaba, en la gente maravillosa que se quedaba despidiéndose con resignación y en los sueños que ponía en remojo para tiempos mejores.
Igual, siempre estarán aquí, en las fotos que siempre veo y en los numerosos puentes festivos que abarrotan el calendario venezolano. Siempre habrá una escusa perfecta para viajar y reencontrarme con mi caos adictivo, con mis cariños estáticos, con mis confidentes e inseparables, con la locura colectiva que siempre me hace falta (si, estoy un poco loca) cuando viajo a lugares tranquilos y que funcionan bajo un orden aceptable.
Ahora estoy aquí, lejos de todo lo que me hizo crecer, de todo lo que vi y me vio; lejos de mis momentos alegres y de los que no fueron tanto, pero con la vena expectante en verde, encendida y activa. Estoy aquí, aceptando con una sonrisa lo que esta isla tenga a bien ofrecerme, agradeciéndole los atardeceres de rojos y amarillos perfectos, la comida sabrosa y sus calles despejadas. Estoy aqui, recibiendo una ciudad que no es mia pero en la que intentó pasar los mejores años de mi vida.
El sol me abría los brazos, y la tranquilidad del mar me arropaba la nostalgia como una cuna resguarda suavemente los sueños de un bebé. Sin embargo, era difícil no pensar en las cosas que dejaba, en la gente maravillosa que se quedaba despidiéndose con resignación y en los sueños que ponía en remojo para tiempos mejores.
Igual, siempre estarán aquí, en las fotos que siempre veo y en los numerosos puentes festivos que abarrotan el calendario venezolano. Siempre habrá una escusa perfecta para viajar y reencontrarme con mi caos adictivo, con mis cariños estáticos, con mis confidentes e inseparables, con la locura colectiva que siempre me hace falta (si, estoy un poco loca) cuando viajo a lugares tranquilos y que funcionan bajo un orden aceptable.
Ahora estoy aquí, lejos de todo lo que me hizo crecer, de todo lo que vi y me vio; lejos de mis momentos alegres y de los que no fueron tanto, pero con la vena expectante en verde, encendida y activa. Estoy aquí, aceptando con una sonrisa lo que esta isla tenga a bien ofrecerme, agradeciéndole los atardeceres de rojos y amarillos perfectos, la comida sabrosa y sus calles despejadas. Estoy aqui, recibiendo una ciudad que no es mia pero en la que intentó pasar los mejores años de mi vida.
sábado, 5 de diciembre de 2009
En 28 dias
De chiquitas, al menos las mujeres que conozco, nacemos con la ilusión de casarnos: jugamos a la mamá y al papá, tenemos muñequitas que lloran, babean, hacen pipi (como si esto fuera cuchi) y anhelamos vestirnos de novia. Es un deseo, que algunas, llevamos a lo largo de la vida, soterrados en lo más profundo de nuestras aspiraciones.
Así, transcurren los años y el deseo se despierta, adquiere fuerza y va exigiendo su cumplimiento.
En mi caso, las ganas de casarme se revelaron con furor, sin preaviso y sin contemplaciones: él y yo decidimos casarnos en 28 días, por el civil y por la iglesia y con todos los jugueticos ( fiesta, hora loca, vino, vestido, anillos, entre otrosss). Cómo lo lograríamos iría con la ayuda de Dios, la Divina Providencia, una buena madrina, el apoyo de nuestras respectivas madres y todo aquel que quisiera ayudar (bendito sean todos).
Con el favor de la vida, las cosas nos saldrían bien- suena buen plan los primeros 5 minutos, pero ya en frío y sin la emoción de Susanita, los 28 días empiezan a tomar relevancia, mutan, se desfiguran y te empañan la vista-: "28 días para organizar una boda? Estoy en problemas".
Gracias a las mismas personas antes mencionadas, el pánico es detenido, como si le hubiesen echado un balde de agua fria en las piernas, y con las ganas y la fé esgrimida como bandera saqué una super libreta para anotar todo por categorias-consejo de la madrina-:
1) Categoría 1: Vestido novia
2) Categoría 2: Logístico Fiesta
3) Categoría 3: Bebida y pasapalos
4) Categoría 4: Trámites legales
La lista fue enorme, y la Categoría de Trámites fue el camino mas tortuoso que novia alguna puede pasar, casi similar a las cruzadas impulsadas por el Papado para alcanzar Tierra Santa y la redención divina. En fin, eran 28 días y tenía poco tiempo para quejarme de la burocracia. Poco a poco, y con paciencia, se fueron dando las cosas. Se buscaron los contactos mas importantes: Quién hacia la torta más bonita y barata; "Yo tengo un amigo que tiene una agencia de festejos"- decía mi suegra, mientras agradecía a mi papá por toda su ayuda celestial-; "Yo te hago 200 bolitas de carne" (que maravilla); "Y yo te hago las trufas para la mesa de torta" -gritaba mi cuñada, mientras yo iba tachando "Cosas pendientes" de la lista.
El 28 de noviembre mi cabeza parecía la estación del metro a las 6 pm en Capitolio: mil quinientas cosas que hacer corrían de aquí para allá, y el reloj andaba con paso firme y amenazante.
El vestido, la torta, la peluqueria, arreglo del salón de fiesta, arreglo de iglesia, ramos, pasapalos que buscar, el hielo.... Dios, gusfraba, gusfraba -decía la madrina.
A las 6 de la mañana, la linda novia estaba delegando las responsabilidades, el que me quería(o nos quería) tenía que colaborar, no hay chance ni excusas.
Todos nos moviamos como hormigas amaestradas; corriamos por la ciudad, sorteando las colas como todos unos acróbatas, y con los relojes cronometrados a las 5 pm- ésto como hora tope para tener todo listo y comenzar a vestirse-.
Obviamente, y con el caos esperado, las cosas se dieron (aun no sé cómo) con algunos minutos de retrasado, pero se dieron: el novio esperó la media hora de rigor, salí de mi casa sin sudar y sin las medias rotas (a pesar de que tuve que ir al baño en medio de los metros de tela del vestido que me cubrían), el carrazo abajo (Dios bendiga a mi cuñada y a su esposo por el Mercedes brindado).
A las 8 pm la flamante novia estaba en la iglesia, con el maquillaje intacto y feliz por haber llegado bien. La emoción es indescriptible y maravillosa, tan hermosa como la sonrisa de mi madre mientras caminaba por el altar y tan maravillosa como la mirada de mi, ahora esposo, tan transparente y aguarapada.
La fiesta, con salvadas excepciones fue perfecta: la cantidad de comida adecuada, la bebida indicada, la decoración ideal y delicada, y la felicidad intacta, contagiosa, compartida y sincera.
Una boda hecha en 28 días pero deseada durante 25 años.
Así, transcurren los años y el deseo se despierta, adquiere fuerza y va exigiendo su cumplimiento.
En mi caso, las ganas de casarme se revelaron con furor, sin preaviso y sin contemplaciones: él y yo decidimos casarnos en 28 días, por el civil y por la iglesia y con todos los jugueticos ( fiesta, hora loca, vino, vestido, anillos, entre otrosss). Cómo lo lograríamos iría con la ayuda de Dios, la Divina Providencia, una buena madrina, el apoyo de nuestras respectivas madres y todo aquel que quisiera ayudar (bendito sean todos).
Con el favor de la vida, las cosas nos saldrían bien- suena buen plan los primeros 5 minutos, pero ya en frío y sin la emoción de Susanita, los 28 días empiezan a tomar relevancia, mutan, se desfiguran y te empañan la vista-: "28 días para organizar una boda? Estoy en problemas".
Gracias a las mismas personas antes mencionadas, el pánico es detenido, como si le hubiesen echado un balde de agua fria en las piernas, y con las ganas y la fé esgrimida como bandera saqué una super libreta para anotar todo por categorias-consejo de la madrina-:
1) Categoría 1: Vestido novia
2) Categoría 2: Logístico Fiesta
3) Categoría 3: Bebida y pasapalos
4) Categoría 4: Trámites legales
La lista fue enorme, y la Categoría de Trámites fue el camino mas tortuoso que novia alguna puede pasar, casi similar a las cruzadas impulsadas por el Papado para alcanzar Tierra Santa y la redención divina. En fin, eran 28 días y tenía poco tiempo para quejarme de la burocracia. Poco a poco, y con paciencia, se fueron dando las cosas. Se buscaron los contactos mas importantes: Quién hacia la torta más bonita y barata; "Yo tengo un amigo que tiene una agencia de festejos"- decía mi suegra, mientras agradecía a mi papá por toda su ayuda celestial-; "Yo te hago 200 bolitas de carne" (que maravilla); "Y yo te hago las trufas para la mesa de torta" -gritaba mi cuñada, mientras yo iba tachando "Cosas pendientes" de la lista.
El 28 de noviembre mi cabeza parecía la estación del metro a las 6 pm en Capitolio: mil quinientas cosas que hacer corrían de aquí para allá, y el reloj andaba con paso firme y amenazante.
El vestido, la torta, la peluqueria, arreglo del salón de fiesta, arreglo de iglesia, ramos, pasapalos que buscar, el hielo.... Dios, gusfraba, gusfraba -decía la madrina.
A las 6 de la mañana, la linda novia estaba delegando las responsabilidades, el que me quería(o nos quería) tenía que colaborar, no hay chance ni excusas.
Todos nos moviamos como hormigas amaestradas; corriamos por la ciudad, sorteando las colas como todos unos acróbatas, y con los relojes cronometrados a las 5 pm- ésto como hora tope para tener todo listo y comenzar a vestirse-.
Obviamente, y con el caos esperado, las cosas se dieron (aun no sé cómo) con algunos minutos de retrasado, pero se dieron: el novio esperó la media hora de rigor, salí de mi casa sin sudar y sin las medias rotas (a pesar de que tuve que ir al baño en medio de los metros de tela del vestido que me cubrían), el carrazo abajo (Dios bendiga a mi cuñada y a su esposo por el Mercedes brindado).
A las 8 pm la flamante novia estaba en la iglesia, con el maquillaje intacto y feliz por haber llegado bien. La emoción es indescriptible y maravillosa, tan hermosa como la sonrisa de mi madre mientras caminaba por el altar y tan maravillosa como la mirada de mi, ahora esposo, tan transparente y aguarapada.
La fiesta, con salvadas excepciones fue perfecta: la cantidad de comida adecuada, la bebida indicada, la decoración ideal y delicada, y la felicidad intacta, contagiosa, compartida y sincera.
Una boda hecha en 28 días pero deseada durante 25 años.
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