Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan, ahora que albando la toca las altas suenas campanan; y que los rebuznos burran y que los gorjeos pájaran, y que los silbos serenan y que los gruños marranan, y que la aurorada rosa los extensos doros campa, perlando líquidas viertas cual yo lágrimo derramas y friando de tirito si bien el abrasa almada, vengo a suspirar mis lanzos ventano de tus debajas.
Por José Manuel Marroquín.
miércoles, 6 de enero de 2010
sábado, 12 de diciembre de 2009
Zapatos colgados

Valentina se paró muy temprano y se calzó sus viejos zapatos de marcha, esos que había comprado única y exclusivamente para salir a ejercer su democrático derecho: la protesta. Estaban desgastados y sucios, tanto o más que sus esperanzas de que las cosas cambiarán a través de las caminatas, los pitos y las consignas. Le echó una enjabonada a su paciencia y encendió el televisor para ubicar la posición de la marcha y el número de personas: “Una más puede marcar la diferencia”, era su lema favorito.
En la pantalla, uno de los voceros principales invitó a la comunidad para que se uniera a la “masiva concentración”, mientras mostraba la camisa del partido político en ciernes y esgrimía la bandera de las primarias como único mecanismos para escoger las candidaturas. Al cambiar el canal, apareció otra figurilla, de esas que deberían convertirse en arena para soplarlas, y alegó que las primarias son artilugios políticos para dividir a la oposición y que deberían ser tomadas en cuenta sólo “cuando el caso lo amerite”.
Justo frente a sus ojos, Valentina era testigo de una disputa sin sentido: militantes de un mismo bando, antiguos compañeros de partido, se enlazaban en una batalla sin cuartel, mientras el “supuesto rival” se perfila en el camino de las parlamentarias, resguardando bajo el silencio cómplice los conflictos internos. En paralelo, y para desgracia de Valentina, sus dirigentes se insultaron y desmoralizaban los unos a los otros, sin disimulos, sin medias tintas, y en los principales medios de comunicación, lanzando por el caño las estrategias políticas más adecuadas para el triunfo.
En ese mismo instante, mientras tomaba café, Valentina sintió un fuerte punzón en el estomago, como si del techo cayera una estaca y se clavara justo en su cabeza. Era una sensación familiar, pues había adquirido desde pequeña un mecanismo para convertir los estremecimientos traumáticos en imágenes novelescas y dramáticas: la traición era para ella como si le atravesaran el cuerpo y la dejasen sangrante en la mitad de la sala.
Así fue la sensación, adivinó segundos después, había sido traicionada y su cuerpo yacía sangrante y divido, pero ahora en la cocina de su casa y frente al televisor. Tomó el control y pulso el botón rojo, tomó su taza de café y se quitó sus zapatos de marcha. Los guardó con cuidado para tiempos mejores, aquellos que le devolverán la confianza y la fe.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Una ciudad que no es mia
Se presentó gentil, sin colas, sin gritos, sin desorden. Me recibió de noche y bajo un clima afable, hecho curioso por tratarse de una isla cuyo clima normal sobrepasa los 30 grados en la sombra. Yo venía ensimismada, guardando las ganas de llorar bajo la hermosura de un paisaje caribeño y esplendido.
El sol me abría los brazos, y la tranquilidad del mar me arropaba la nostalgia como una cuna resguarda suavemente los sueños de un bebé. Sin embargo, era difícil no pensar en las cosas que dejaba, en la gente maravillosa que se quedaba despidiéndose con resignación y en los sueños que ponía en remojo para tiempos mejores.
Igual, siempre estarán aquí, en las fotos que siempre veo y en los numerosos puentes festivos que abarrotan el calendario venezolano. Siempre habrá una escusa perfecta para viajar y reencontrarme con mi caos adictivo, con mis cariños estáticos, con mis confidentes e inseparables, con la locura colectiva que siempre me hace falta (si, estoy un poco loca) cuando viajo a lugares tranquilos y que funcionan bajo un orden aceptable.
Ahora estoy aquí, lejos de todo lo que me hizo crecer, de todo lo que vi y me vio; lejos de mis momentos alegres y de los que no fueron tanto, pero con la vena expectante en verde, encendida y activa. Estoy aquí, aceptando con una sonrisa lo que esta isla tenga a bien ofrecerme, agradeciéndole los atardeceres de rojos y amarillos perfectos, la comida sabrosa y sus calles despejadas. Estoy aqui, recibiendo una ciudad que no es mia pero en la que intentó pasar los mejores años de mi vida.
El sol me abría los brazos, y la tranquilidad del mar me arropaba la nostalgia como una cuna resguarda suavemente los sueños de un bebé. Sin embargo, era difícil no pensar en las cosas que dejaba, en la gente maravillosa que se quedaba despidiéndose con resignación y en los sueños que ponía en remojo para tiempos mejores.
Igual, siempre estarán aquí, en las fotos que siempre veo y en los numerosos puentes festivos que abarrotan el calendario venezolano. Siempre habrá una escusa perfecta para viajar y reencontrarme con mi caos adictivo, con mis cariños estáticos, con mis confidentes e inseparables, con la locura colectiva que siempre me hace falta (si, estoy un poco loca) cuando viajo a lugares tranquilos y que funcionan bajo un orden aceptable.
Ahora estoy aquí, lejos de todo lo que me hizo crecer, de todo lo que vi y me vio; lejos de mis momentos alegres y de los que no fueron tanto, pero con la vena expectante en verde, encendida y activa. Estoy aquí, aceptando con una sonrisa lo que esta isla tenga a bien ofrecerme, agradeciéndole los atardeceres de rojos y amarillos perfectos, la comida sabrosa y sus calles despejadas. Estoy aqui, recibiendo una ciudad que no es mia pero en la que intentó pasar los mejores años de mi vida.
sábado, 5 de diciembre de 2009
En 28 dias
De chiquitas, al menos las mujeres que conozco, nacemos con la ilusión de casarnos: jugamos a la mamá y al papá, tenemos muñequitas que lloran, babean, hacen pipi (como si esto fuera cuchi) y anhelamos vestirnos de novia. Es un deseo, que algunas, llevamos a lo largo de la vida, soterrados en lo más profundo de nuestras aspiraciones.
Así, transcurren los años y el deseo se despierta, adquiere fuerza y va exigiendo su cumplimiento.
En mi caso, las ganas de casarme se revelaron con furor, sin preaviso y sin contemplaciones: él y yo decidimos casarnos en 28 días, por el civil y por la iglesia y con todos los jugueticos ( fiesta, hora loca, vino, vestido, anillos, entre otrosss). Cómo lo lograríamos iría con la ayuda de Dios, la Divina Providencia, una buena madrina, el apoyo de nuestras respectivas madres y todo aquel que quisiera ayudar (bendito sean todos).
Con el favor de la vida, las cosas nos saldrían bien- suena buen plan los primeros 5 minutos, pero ya en frío y sin la emoción de Susanita, los 28 días empiezan a tomar relevancia, mutan, se desfiguran y te empañan la vista-: "28 días para organizar una boda? Estoy en problemas".
Gracias a las mismas personas antes mencionadas, el pánico es detenido, como si le hubiesen echado un balde de agua fria en las piernas, y con las ganas y la fé esgrimida como bandera saqué una super libreta para anotar todo por categorias-consejo de la madrina-:
1) Categoría 1: Vestido novia
2) Categoría 2: Logístico Fiesta
3) Categoría 3: Bebida y pasapalos
4) Categoría 4: Trámites legales
La lista fue enorme, y la Categoría de Trámites fue el camino mas tortuoso que novia alguna puede pasar, casi similar a las cruzadas impulsadas por el Papado para alcanzar Tierra Santa y la redención divina. En fin, eran 28 días y tenía poco tiempo para quejarme de la burocracia. Poco a poco, y con paciencia, se fueron dando las cosas. Se buscaron los contactos mas importantes: Quién hacia la torta más bonita y barata; "Yo tengo un amigo que tiene una agencia de festejos"- decía mi suegra, mientras agradecía a mi papá por toda su ayuda celestial-; "Yo te hago 200 bolitas de carne" (que maravilla); "Y yo te hago las trufas para la mesa de torta" -gritaba mi cuñada, mientras yo iba tachando "Cosas pendientes" de la lista.
El 28 de noviembre mi cabeza parecía la estación del metro a las 6 pm en Capitolio: mil quinientas cosas que hacer corrían de aquí para allá, y el reloj andaba con paso firme y amenazante.
El vestido, la torta, la peluqueria, arreglo del salón de fiesta, arreglo de iglesia, ramos, pasapalos que buscar, el hielo.... Dios, gusfraba, gusfraba -decía la madrina.
A las 6 de la mañana, la linda novia estaba delegando las responsabilidades, el que me quería(o nos quería) tenía que colaborar, no hay chance ni excusas.
Todos nos moviamos como hormigas amaestradas; corriamos por la ciudad, sorteando las colas como todos unos acróbatas, y con los relojes cronometrados a las 5 pm- ésto como hora tope para tener todo listo y comenzar a vestirse-.
Obviamente, y con el caos esperado, las cosas se dieron (aun no sé cómo) con algunos minutos de retrasado, pero se dieron: el novio esperó la media hora de rigor, salí de mi casa sin sudar y sin las medias rotas (a pesar de que tuve que ir al baño en medio de los metros de tela del vestido que me cubrían), el carrazo abajo (Dios bendiga a mi cuñada y a su esposo por el Mercedes brindado).
A las 8 pm la flamante novia estaba en la iglesia, con el maquillaje intacto y feliz por haber llegado bien. La emoción es indescriptible y maravillosa, tan hermosa como la sonrisa de mi madre mientras caminaba por el altar y tan maravillosa como la mirada de mi, ahora esposo, tan transparente y aguarapada.
La fiesta, con salvadas excepciones fue perfecta: la cantidad de comida adecuada, la bebida indicada, la decoración ideal y delicada, y la felicidad intacta, contagiosa, compartida y sincera.
Una boda hecha en 28 días pero deseada durante 25 años.
Así, transcurren los años y el deseo se despierta, adquiere fuerza y va exigiendo su cumplimiento.
En mi caso, las ganas de casarme se revelaron con furor, sin preaviso y sin contemplaciones: él y yo decidimos casarnos en 28 días, por el civil y por la iglesia y con todos los jugueticos ( fiesta, hora loca, vino, vestido, anillos, entre otrosss). Cómo lo lograríamos iría con la ayuda de Dios, la Divina Providencia, una buena madrina, el apoyo de nuestras respectivas madres y todo aquel que quisiera ayudar (bendito sean todos).
Con el favor de la vida, las cosas nos saldrían bien- suena buen plan los primeros 5 minutos, pero ya en frío y sin la emoción de Susanita, los 28 días empiezan a tomar relevancia, mutan, se desfiguran y te empañan la vista-: "28 días para organizar una boda? Estoy en problemas".
Gracias a las mismas personas antes mencionadas, el pánico es detenido, como si le hubiesen echado un balde de agua fria en las piernas, y con las ganas y la fé esgrimida como bandera saqué una super libreta para anotar todo por categorias-consejo de la madrina-:
1) Categoría 1: Vestido novia
2) Categoría 2: Logístico Fiesta
3) Categoría 3: Bebida y pasapalos
4) Categoría 4: Trámites legales
La lista fue enorme, y la Categoría de Trámites fue el camino mas tortuoso que novia alguna puede pasar, casi similar a las cruzadas impulsadas por el Papado para alcanzar Tierra Santa y la redención divina. En fin, eran 28 días y tenía poco tiempo para quejarme de la burocracia. Poco a poco, y con paciencia, se fueron dando las cosas. Se buscaron los contactos mas importantes: Quién hacia la torta más bonita y barata; "Yo tengo un amigo que tiene una agencia de festejos"- decía mi suegra, mientras agradecía a mi papá por toda su ayuda celestial-; "Yo te hago 200 bolitas de carne" (que maravilla); "Y yo te hago las trufas para la mesa de torta" -gritaba mi cuñada, mientras yo iba tachando "Cosas pendientes" de la lista.
El 28 de noviembre mi cabeza parecía la estación del metro a las 6 pm en Capitolio: mil quinientas cosas que hacer corrían de aquí para allá, y el reloj andaba con paso firme y amenazante.
El vestido, la torta, la peluqueria, arreglo del salón de fiesta, arreglo de iglesia, ramos, pasapalos que buscar, el hielo.... Dios, gusfraba, gusfraba -decía la madrina.
A las 6 de la mañana, la linda novia estaba delegando las responsabilidades, el que me quería(o nos quería) tenía que colaborar, no hay chance ni excusas.
Todos nos moviamos como hormigas amaestradas; corriamos por la ciudad, sorteando las colas como todos unos acróbatas, y con los relojes cronometrados a las 5 pm- ésto como hora tope para tener todo listo y comenzar a vestirse-.
Obviamente, y con el caos esperado, las cosas se dieron (aun no sé cómo) con algunos minutos de retrasado, pero se dieron: el novio esperó la media hora de rigor, salí de mi casa sin sudar y sin las medias rotas (a pesar de que tuve que ir al baño en medio de los metros de tela del vestido que me cubrían), el carrazo abajo (Dios bendiga a mi cuñada y a su esposo por el Mercedes brindado).
A las 8 pm la flamante novia estaba en la iglesia, con el maquillaje intacto y feliz por haber llegado bien. La emoción es indescriptible y maravillosa, tan hermosa como la sonrisa de mi madre mientras caminaba por el altar y tan maravillosa como la mirada de mi, ahora esposo, tan transparente y aguarapada.
La fiesta, con salvadas excepciones fue perfecta: la cantidad de comida adecuada, la bebida indicada, la decoración ideal y delicada, y la felicidad intacta, contagiosa, compartida y sincera.
Una boda hecha en 28 días pero deseada durante 25 años.
martes, 3 de noviembre de 2009
Retraso por arrollamiento

24 horas, 7 días de la semana; puentes, navajas, pistolas, pastillas y la gente prefiere arrojarse a los rieles del vagón un lunes, a la 7 de la mañana y en Colegio de Ingenieros.
Si, específicamente allí, en la estación que antecede a la más congestionada del transporté subterráneo “Plaza Venezuela”, en la desembocadura, muy poco planificada, de todas las estaciones del Este y Oeste de la ciudad.
A las 7 y 50 am, la estación Plaza Venezuela es un hervidero, con cientos de personas empujándose y compitiendo por ser el primero en montarse en el vagón sin ser aplastado por las puertas mecánicas. No importa nada, si eres mujer, embarazada, alta, rubia, mister, padre, periodista, buhonero, cura o chavista, todos luchan en igualdad de condiciones y por un mismo fin: Llegar rápido y vivo.
Los que vienen de la línea tres (3), deben soportar los apretones, recostones, celulares estridentes con canciones mal grabadas, y los múltiples coleados provenientes de los Valles del Tuy. Si, de los Valle del Tuy, y que conste en acta que no existe, al menos en este comentario, odio o prejuicio alguno hacia ellos pero, seamos francos, la gran mayoría parece haber sido criados en el Hipódromo de la Rinconada.
Aparte, si existe una sensación de tensión y terror, mezclada con impotencia y rabia, seguramente es muy similar a la que produce estar parada en la primera fila, con el vagón acercándose, mientras el tumulto de piernas y brazos tuyeros van bajando, entre bufidos y gritos, por las escaleras para meterse, de todas, todas en el vagón.
En esa fracción de segundo, te pasa por la mente la película de tu vida, tus sueños, sus logros y decepciones, los posibles hijos (igualitos a su papá), tal cual como si fueses a morir en ese instante. El que piense que esto es una exageración de alguien disociado, se le recomienda echar una paseada por la estación del Valle, cualquier día y en hora pico.
Cuando al fin logras superar esa primera prueba, no te ganarás ningún apartamento o carro cero kilómetros, pero seguramente estarás más cerca de tu destino y eso puede significar un triunfo total.
Ya en Plaza Venezuela, te espera la prueba 2: Soportar, estoicamente, la espera del vagón menos lleno. Toda una proeza digna de la canonización, sobre todo, si pasas por ella todos los días.
Después de 3 vagones atestados de gente, en donde más de una perdió el tacón, una uña postiza y, probablemente, la virginidad, le quedan 15 minutos para llegar media hora tarde a su oficina. Quizás piensa que no le puede ir peor, cuando una voz de ultratumba, como griposa y precipitada, informa por unos parlantes:
“Se les informa a los señores usuarios que se está presentando un fuerte retraso en la estación Colegio de Ingenieros por arrollamiento, se les sugiere utilizar el transporte superficial”.
Aquella voz es como la de su mamá cuando de chiquita la levantaba para ir a la escuela.
¿Arrollamiento?- se pregunta. ¿Arrollamiento, justo hoy y a esta hora? ¿Arrollamiento cuando ya estaba por montarme en el vagón? ¿Arrollamiento justo cuando voy tarde al trabajo por quedarme viendo la Entrevista? Puto Miguel Ángel Rodríguez y su invitado Petkoff ¿Transporte superficial para los Palos Grandes? ¿Cómo carajo hago para llegar a la 10ma transversal sin Metro y sin plata para un taxi? ¿Arrollamiento un lunes? Coño, ¿de tantos días y se antoja de suicidarse justo hoy? El grandísimo hijo de su madre!
A esa hora, y en tacones de aguja, sale Lucia, despeinada, amoratada por los empujones y, de seguro, con una amonestación en su escritorio.
lunes, 26 de octubre de 2009
Con la brújula de Jack Sparrow

En 1998* los partidos políticos entraron en coma. El discurso renovado de Chávez, más el desgaste político que venían experimentando, prendieron el bombillo rojo en la sala de cuidados intensivos. Nada podía salvarlos. Como un adicto que se niega a aceptar su enfermedad, los partidos tradicionales no reconocieron su delicado estado de salud. Decidieron emprender una lucha con sello de derrota y se fueron convirtiendo en el enfermo que nadie quiere: llenos de escaras y renuentes a que le echasen un baño refrescante.
Desde esa fecha, los avances han sido pocos. El enfermo se niega a mejorar.
En ese devenir, los partidos políticos se han desgastado en la mente y en las aspiraciones de muchos venezolanos. Y en ese mismo desgaste, se ha tergiversado la importancia que implica para las democracias contar con partidos sólidos, organizados y eficaces.
De 10 personas que responden la encuesta sobre sus inclinaciones políticas, la mitad no simpatiza con ningún partido. Probablemente, más de la mitad no creen en ningún dirigente político.
Lamentablemente, el ser humano tiende a creer que el momento que se está viviendo es el más importante, acontecido, difícil y trágico. Tienden a pensar que los partidos que tienen son los peores de la historia, y la situación política actual es la más apremiante, sin recordar que antes de su nacimiento pasaron varios siglos y varios hechos, posiblemente más trascendentales y terribles.
En ese devenir, los partidos políticos se han desgastado en la mente y en las aspiraciones de muchos venezolanos. Y en ese mismo desgaste, se ha tergiversado la importancia que implica para las democracias contar con partidos sólidos, organizados y eficaces.
De 10 personas que responden la encuesta sobre sus inclinaciones políticas, la mitad no simpatiza con ningún partido. Probablemente, más de la mitad no creen en ningún dirigente político.
Lamentablemente, el ser humano tiende a creer que el momento que se está viviendo es el más importante, acontecido, difícil y trágico. Tienden a pensar que los partidos que tienen son los peores de la historia, y la situación política actual es la más apremiante, sin recordar que antes de su nacimiento pasaron varios siglos y varios hechos, posiblemente más trascendentales y terribles.
Los partidos políticos llevan años forjando su derrota, desde el mismo momento que se convirtieron en reptiles ambiciosos capaces de devorar a quien obstaculice su camino. A lo mejor siempre fueron así y lo que realmente sucedió es que nos dimos cuenta tiempo después. Prefiero pensar que la politiquería se los tragó, y esos espíritus nobles yacen en la barriga del dragón y luchando por salir.
Los dirigentes se hicieron de la brújula de Jack Sparrow, y andan perdidos en alta mar buscando el codiciado tesoro.
“En Venezuela está ocurriendo algo de eso, los partidos lucen agotados en lo ideológico y políticamente se hallan reducidos a simples maquinarias electorales” (Lombardi, 1984).
25 años después, y la versión sigue entonando la misma estrofa. Nada cambia, todo sigue estático y el pueblo esperando un superman que los rescate. Muchas de las cosas que nos agobian actualmente, están estrechamente ligadas a las actuaciones incorrectas por parte de los sesudos políticos de este país.
Como ya he escuchado varias veces, “Cada país tiene el Gobierno que merece, y Venezuela tiene la oposición que se merece, lamentablemente”.
Mirando un poco más allá del desprecio bien ganado que algunos sentimos hacia los partidos, ¿estamos realmente claros los venezolanos del verdadero valor que encierra la existencia y permanencia de un partido, independientemente de su inclinación o filosofía?
Los partidos cumplen la función de representar una corriente política determinada, organizar a las comunidades hacia la toma de decisiones en pro de sus necesidades y las del colectivo. Los partidos despiertan al pueblo de su abulia, para que salgan a reclamar lo que por derecho les corresponde. Los partidos facilitan la concreción de ópticas contrarias para que trabajen unidos por un mismo fin. Para irnos a lo meramente capitalista, los partidos financian las movilizaciones políticas para que su campo de acción se extienda y los resultados sean de mayor impacto.
Ese es el deber ser, lo teórico, que siempre luce bonito cuando la caligrafía Palmer lo desarrolla en un papel. Que en Venezuela no se den palmariamente estos aspectos, no quiere decir que los partidos (como esencia) no funcionen.
Revisemos la historia reciente, cuando el presidente de Brasil, Lula da Silva, logró cambios notables a través de su partido político PT – que comenzó como un movimiento sindical obrero y luego se transformó en un asunto político. Veamos, también, el lado antagónico como Cuba, en donde la carencia de partidos políticos ha sedimentado los 40 años de una férrea dictadura, eufemísticamente denominada Socialista.
El compromiso está en el aire, ululando. La democracia subsiste y se aferra a cualquier expresión de libertad y ejercicio ciudadano. El pueblo debe activarse, levantarse. El momento nos reclama, a todos, no unos y otros, a todos, desde sus trincheras, desde sus pequeños espacios de lucha, desde sus creencias políticos, pero luchando con críticas, con ideas; desde el Twitter, desde tu blog.
Tenemos chance, la política puede redimensionarse hacia objetivos comunes, sólo es necesario el compromiso y las ganas de hacerlos.
Por mi parte, seguiré siendo el ojo acusador, quisquilloso y despiadado, porque ese fue el espacio que me tocó (o escogí, da igual). Seguiré anotando lo que hacen mal, y festejando con modestia sus logros. Seguiré usando mi dedo índice para expresarme frente a la máquina de votación. Seguiré llamando a la participación, y espantando los fantasmas de fraude y trampa electrónica. Seguiré desde este lado de la acera.
Los dirigentes se hicieron de la brújula de Jack Sparrow, y andan perdidos en alta mar buscando el codiciado tesoro.
“En Venezuela está ocurriendo algo de eso, los partidos lucen agotados en lo ideológico y políticamente se hallan reducidos a simples maquinarias electorales” (Lombardi, 1984).
25 años después, y la versión sigue entonando la misma estrofa. Nada cambia, todo sigue estático y el pueblo esperando un superman que los rescate. Muchas de las cosas que nos agobian actualmente, están estrechamente ligadas a las actuaciones incorrectas por parte de los sesudos políticos de este país.
Como ya he escuchado varias veces, “Cada país tiene el Gobierno que merece, y Venezuela tiene la oposición que se merece, lamentablemente”.
Mirando un poco más allá del desprecio bien ganado que algunos sentimos hacia los partidos, ¿estamos realmente claros los venezolanos del verdadero valor que encierra la existencia y permanencia de un partido, independientemente de su inclinación o filosofía?
Los partidos cumplen la función de representar una corriente política determinada, organizar a las comunidades hacia la toma de decisiones en pro de sus necesidades y las del colectivo. Los partidos despiertan al pueblo de su abulia, para que salgan a reclamar lo que por derecho les corresponde. Los partidos facilitan la concreción de ópticas contrarias para que trabajen unidos por un mismo fin. Para irnos a lo meramente capitalista, los partidos financian las movilizaciones políticas para que su campo de acción se extienda y los resultados sean de mayor impacto.
Ese es el deber ser, lo teórico, que siempre luce bonito cuando la caligrafía Palmer lo desarrolla en un papel. Que en Venezuela no se den palmariamente estos aspectos, no quiere decir que los partidos (como esencia) no funcionen.
Revisemos la historia reciente, cuando el presidente de Brasil, Lula da Silva, logró cambios notables a través de su partido político PT – que comenzó como un movimiento sindical obrero y luego se transformó en un asunto político. Veamos, también, el lado antagónico como Cuba, en donde la carencia de partidos políticos ha sedimentado los 40 años de una férrea dictadura, eufemísticamente denominada Socialista.
El compromiso está en el aire, ululando. La democracia subsiste y se aferra a cualquier expresión de libertad y ejercicio ciudadano. El pueblo debe activarse, levantarse. El momento nos reclama, a todos, no unos y otros, a todos, desde sus trincheras, desde sus pequeños espacios de lucha, desde sus creencias políticos, pero luchando con críticas, con ideas; desde el Twitter, desde tu blog.
Tenemos chance, la política puede redimensionarse hacia objetivos comunes, sólo es necesario el compromiso y las ganas de hacerlos.
Por mi parte, seguiré siendo el ojo acusador, quisquilloso y despiadado, porque ese fue el espacio que me tocó (o escogí, da igual). Seguiré anotando lo que hacen mal, y festejando con modestia sus logros. Seguiré usando mi dedo índice para expresarme frente a la máquina de votación. Seguiré llamando a la participación, y espantando los fantasmas de fraude y trampa electrónica. Seguiré desde este lado de la acera.
*Estaban en coma desde mucho antes, pero traté de ser optimista.
viernes, 16 de octubre de 2009
Ojos azules de Arturo Pérez- Reverte


La masacre de Latinoamérica
Llegaron perdidos, y ansiosos. Jamás habían visto un paraje tan espectacular y creyeron ser sus dueños. De hecho, por sus cabezas pasó la idea de que el haber llegado allí los convertía en sus descubridores y la historia- triste designio- los sepultaría con esa insignia. Hasta hace poco, en las clases de historia, los educadores vanagloriaban la hazaña heroica de Colón y demás acompañantes. Para variar, los anales siempre solapan una versión destinada al destierro y luego al olvido.
Como manifiesta Mario Vargas Llosa en un prologo de su autoria dedicado a la obra de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas: "Si hay una barbarie explícita, cínica, la encarna la Compañía, cuya única razón de ser en las selvas y ríos donde se ha instalado a saquearlo, explotando para ello con ilimitada crueldad a esos caníbales a los que esclaviza, reprime o mata sin el menos escrúpulo".
Así se dieron las cosas, bajo este perfil y con la sangre indígena mezclándose con los meandros de los ríos.
Pero, despojándonos de sentimentalismos ancestrales y resentimientos obsoletos, en nuestro continente no habitaban seres despojados de toda maldad y amparados bajo la santidad de un ángel. En nuestro continente había indígenas, acostumbrados a matar, a realizar sacrificios religiosos, a extirparle el corazón a quien se atraviese a deshonrar la dinastía o el honor. El pensar que nuestros indígenas fueron mansos corderos, que aceptaron con beneplácito los abusos y desmadres de los españoles es tan risible como creer que un borracho, malandrín de quinta llamado Cristóbal Colón es el padre de un continente, que tras años de esfuerzo y sacrificios, logró descubrirlo. Por Dios, señor, ya nosotros existíamos, incluso mucha antes que usted pensara nacer- podría decirle si existiese la oportunidad-.
Es precisamente esta parte de la historia la que se encuentra reflejada en el cuento Ojos azules, de Arturo Pérez-Reverte.
El eterno amante de las batallas
Como reportero de prensa y televisión le tocó cubrir los conflictos internacionales, y tras su paso por eso derroteros, fue testigo de múltiples estallidos bélicos como la guerra de Chipre, diversas fases de la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la guerra del Sahara, la de las Malvinas, la de El Salvador, la guerra de Nicaragua, del Chad, la crisis de Libia, las guerrillas del Sudán, la guerra de Mozambique, de Angola, y el golpe de estado de Túnez, entre otros. Incontables historias pugnándose un lugar de honor dentro de las extensas obras que carga acuestas el escritor español Arturo Pérez-Reverte.
Es comprensible que después de estar en tantos campos armados, la mayoría de sus libros tengan como leitmotiv las batallas, las armas, los capitanes, ejércitos, sangre y muertos. La colección Las aventuras del capitán Alatriste, lo confirman.
Con un puesto dentro de Real Academia Española, desde el 12 de junio de 2003, Pérez-Reverte ha tenido sus glorias. El Maestro de esgrima logró atraparme desde el primer momento, además de parecerme un esfuerzo significativo el trabajo de investigación sobre aspectos de la esgrima que estaban soterrados en el relato. A ratos, parecía más una clase de esgrima que una historia de amor y muerte.
El club Dumas, no necesita presentación, pues hasta goza de una película protagonizada por Jhonny Deep y dirigida, nada más y nada menos, por Román Polanski (La novena puerta, 1999).
Pero esta novela, que luce más como cuento por lo corto del relato – tan sólo tiene 36 páginas- parece haber nacido como estrategia de la editorial y no como un aporte literario del escritor español. De hecho, en pocas biografías sobre Pérez-Reverte sobre sale, o se menciona, la existencia de Ojos azules.
Los ojos azules de un español
El libro lo compré el mismo día que se celebraba el otrora Día de la raza, y lo tomé sin ningún fin histórico o para reivindicar mi pasado indígena y negro. A decir verdad, me gustó su bien lograda ilustración y la solapa de lujo que lo envolvía. Además, el precio era absurdo (23 Bs.), tomando en cuenta que cualquier libro no baja de los 100 bolívares fortísimos.
No es un joya literaria, ni creo que ese haya sido el objetivo del autor, mantiene el lenguaje elaborado y enrevesado, que te transportan a los remotos años de 1520, año según la cual los aztecas dieron fin al dominio de los conquistadores en las tierras mejicanas de Tenochtitlán. La venganza más absoluta, buscaba limpiar la sangre nativa a punta de dagas, carnes desgarradas y corazones ofrecidos a los dioses.
Esa noche, mejor conocida como La noche triste cuenta la historia, según Pérez-Reverte- de cuando los aztecas juraron venganza y decidieron acabar con la vida de aquellos impíos españoles que violaron a sus mujeres, mataron a sus hombres, y saquearon sus riquezas por la vía de la crueldad más absoluta.
Cargados de todo el oro que les cabía en los jubones y bolsillos, los conquistadores emprendieron la huida hacia tierras españoles. Ojos azules, el protagonista de la historia y uno de los españoles sanguinarios, decidió no dar marcha atrás hasta llevarse todo las riquezas que había recaudado en sus años de abusos, robos y violaciones.
"El peso del oro lo reconfortaba. Había venido muy lejos a buscarlo, había peleado y sufrido y visto morir a muchos camaradas por ese oro. Él tenía la certeza de que iba a salir con bien de aquella; y a su regreso ya no tendría que arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra de caínes esquilmada por reyes, curas, señores, funcionarios, recaudadores de impuestos y alguaciles. Con aquel oro tendría para vivir bien y hacer una buena boda, para poseer su propia tierra y su propia casa. Para envejecer tranquilo, como un hidalgo, contándole a sus nietos cómo conquistó Tenochtitlán".
Como narrador omnisciente, el autor no solo hace una radiografía de aquellos acontecimientos olvidados que marcaron la historia de los hispanos parlantes, sino que, en paralelo, humaniza a quienes por intereses varios destrozaron un continente.
Viola a una de las aztecas, ésta se enamora del español y comienzan un fogoso romance. Ella sale embarazada y él decide abandonarla a su suerte y emprende el difícil retorno a su tierra. Aunque le da ese toque dulzón y cursi propio de las novelas mexicanas, la nostalgia que sentía ese español por los suaves dulces y caricias que le propinaba la muchacha pelinegra, sirve para suavizar los extensos párrafos descriptivos y onomatopéyicos que destacan a lo largo del texto.
Al final, y muy predeciblemente, el español es capturado por las eternas victimas, y con una daga le arrancan el corazón, justo después de haber deseado que el hijo que llevaba la azteca en su vientre, siquiera, tuviese los ojos azules.
Un socarrón final para un libro que no te atrapa desde la primera línea.
Viola a una de las aztecas, ésta se enamora del español y comienzan un fogoso romance. Ella sale embarazada y él decide abandonarla a su suerte y emprende el difícil retorno a su tierra. Aunque le da ese toque dulzón y cursi propio de las novelas mexicanas, la nostalgia que sentía ese español por los suaves dulces y caricias que le propinaba la muchacha pelinegra, sirve para suavizar los extensos párrafos descriptivos y onomatopéyicos que destacan a lo largo del texto.
Al final, y muy predeciblemente, el español es capturado por las eternas victimas, y con una daga le arrancan el corazón, justo después de haber deseado que el hijo que llevaba la azteca en su vientre, siquiera, tuviese los ojos azules.
Un socarrón final para un libro que no te atrapa desde la primera línea.
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