miércoles, 15 de abril de 2009

¿Oda a la gordura?

(Yo no quiero parecerme a un plato de espaguetis. Aunque, confieso, la analogía de Federico Vegas no está tan lejos de la realidad. Y tu ¿Eres lasaña, espaguetis o arroz con mango?

"Creo que las mujeres somos como un plato de espaguetis. Todo en nosotras está revuelto, anudado, invadido por una misma salsa: el amor, el trabajo, la casa, la familia; cada región de nuestra alma participa y se enreda con todas nuestras otras decisiones y pasiones. Los hombres se parecen más a una lasaña. Sus pasiones están separadas por capas: en una está el trabajo, en otra el amor, en otra el placer. ¿Te imaginas lo que es hacer un solo plato con esas dos pastas?"








Vegas, Federico (2008): La carpa y otros cuentos. Editorial Meilvin. Caracas,Venezuela.

martes, 14 de abril de 2009

¿Y ahora tengo que defenderlo a él también?

Y yo me pregunto: ¿Por qué me obligan a tomar posición frente a este tema, ahora cuando menos quiero verme tragada por una bestia de tres cabezas llamada política? Me gusta mantener en el medio, en el mero centro, porque me permite criticar todo y a todos los que me dan motivo para hacerlo. Pero, me obligan, me arrojan deliberadamente a una esquina, me amarran el cuello con la soga de la parcialidad y me sacan de mi eje neutral. Lo lamento, pero todo esto es culpa suya Presi. Yo me he ganado las criticas constante de mi madre- quien asegura que soy chavista- y unas cuantas peleas sarcásticas con mi novio (creo que el también está de acuerdo con mi mamá) cuando el paroxismo invade la percepción y te deja imposibilitado para tener un planteamiento coherente. Me ufano con orgullo al decir: “Soy periodista, no política”, y bajo estos preceptos trato de llevar las riendas de mis opiniones. Pero, insisto, ante esta decisión arbitraria pierdo los estribos y marco una postura firme.

Primero, tengo que mencionar este punto clave para mi argumentación: con una tesis de grado dispuesta en mi biblioteca, enfocada en el sistema automatizado de votación y que, sobre todo, exhortaba a los perdedores a reconocer su derrota, no puedo menos que criticar esta designación a dedo de una figura situada por encima de un mandatario legalmente constituido. Recuerdo de mi tesis, que una de las principales responsables en la estigmatización de las máquinas Smarmatic era el desconocimiento del perdedor frente a su derrota y el posterior grito de fraude que se expandía como una pandemia sobre el país. Con esto de la mano, no puedo simplemente hacerme la vista gorda y no reprochar una medida meramente política orquestada desde las faldas del perdedor. Y es perdedor, porque aquel domingo 23, hubo tanto vencedores como perdedores, y así se debe aceptar. Las cosas por su nombre amigo: ¿Acaso si el vencedor hubiese sido el portador de la chaqueta roja, estarían aplicando tan expeditamente esta Ley de distrito capital, tal y como lo están haciendo en este momento? Pues, quitándonos las caretas, creo que no.

Segundo, esa ley tiene 8 años de morosidad, 8 años archivadas en los armatostes de la Asamblea Nacional, pues no era considerada imperantes para su discusión y posterior aplicación. 8 años en los que a nadie le importó como sería la distribución de los recursos entre los distintos municipios y parroquias que forman la región capital; o si era necesaria otra figura que tutelara los entes de la administración descentralizada del Distrito Federal. No era de importancia pública, pues. Pero, una vez que la presidenta del CNE emitiera el primer boletín y diera como vencedor al calvito de la camisa auriblanca, el fulano armatoste comenzó a agitarse dramáticamente, y las manos ágiles de los diputados la desempolvaron para darle un halo indemne y de necesaria aplicación. ¿Una casualidad? ¿Ahora si es imperante? Honestamente, no creo.

Tercero, los diputados han esgrimido por años el slogan: “Ahora el pueblo si manda”, es decir, que el pueblo tiene la potestad de escoger a los representantes gubernamentales encargados de darle respuestas a sus principales problemas; tienen la potestad de sacar, a través del voto, a quienes no se desempeñen correctamente en sus cargos; y tienen el poder de constituir consejos comunales capaces de responder a las exigencias de su propia comunidad. Bajo esta premisa, con la cual estoy de acuerdo absolutamente, planteo otra pregunta: ¿El pueblo ya no escogió a sus mandatarios regionales el 23N? ¿Ya el pueblo no le dio el respectivo castigo, a través del voto por supuesto, a los que no supieron hacerlo bien? ¿No se trata de esto la consigna presidencial que nos han machacado durante 10 años? Entonces. ¿Por qué no se respeta la decisión soberana de quienes ese domingo 23 salieron a expresar su voluntad frente a la maquina de votación? ¿Acaso esas setecientas veintidós mil ochocientas veintidós (722.822)* personas que votaron por A.L no merecen llamarse pueblo y ser respetados por aquellos que colindan con las ideas revolucionarios? ¿Sólo es pueblo aquel que vota por Chávez? Es decir, ¿Qué si yo en algún momento voté en contra del presidente, o en contra de quienes lo acompañan, ya no soy ni venezolana ni izquierdista ni bolivariana ni pueblo? De nuevo, no estoy de acuerdo. Simplemente no se puede usar al pueblo a la conveniencia del momento y del discurso político. Pueblo somos todos y eso debe respetarse.
Reconozco que tengo posturas bastantes radicales, algunas hasta me han colocado del lado izquierdo del camino, y eso hasta cierto punto me ha gustado, pero ante la injusticia siempre me he mostrado tajante, y esta vez tengo que defenderlo aunque el personaje en cuestión no sea de mi agrado.

lunes, 6 de abril de 2009

Cuando la soberbia aniquila la razón


Desde este lado de la acera las verdades parecen absolutas, y mi visión del mundo resulta más compleja porque yo logró ver más allá de lo que tú puedes divisar desde esa pequeña bola de cristal en el que estás sumergido. Por ende, mi punto de vista reviste mayor importancia y lo que tú opines no puede ser más que la imagen microscópica que se asoma desde el lente de binóculo. Lamentablemente, no eres nadie. Si me preguntas el por qué de mis argumento, mascullo con adulancia un “por que me da la gana”. Si, me da la gana y no tengo que explicarte porque tu insignificante pensamiento no se equipara con la grandilocuencia de mis planteamientos filosóficos y políticos erigidos bajo un arsenal de libros que devoro con divina pasión. Me argumentas que has leído mucho igual que yo, pero dudo significativamente que logres profundizar y reflexionar tanto como lo he hecho yo bajo mis noches de desvelos revolucionarios. Nunca, créeme, lograrás llegar a nivel sublime de entendimiento y podrás sentir en las venas el fulgor vibrante que se experimenta cuando ves la pobreza tan de cerca. Si, es verdad, no vivo en una casa humilde y jamás he visto un poso séptico al lado de una cama donde duerme un niño de tres años, mientras su madre le prepara un tetero con agua de espaguetis; pero si he visto, cuando me asomo por la ventana de mi casa, un armatoste rojo suspendido sobre el valle capitalino que atraviesa el lado marginal de esta ciudad. Este, una iniciativa más revolucionaria que el ejército rojo de Mao Tse Tung, es mucho más que la pobreza que, con tanta saña, pretendes abultar tras la firme intención de opacar la inmensa luz que rodea el proceso. Vil piltrafa, con tus brazos cruzados me demuestras la poca fuerza que posees para debatir conmigo y, a pesar de mis gritos descontrolados-que podrían mal interpretarse como desesperación-, tus razonamientos pierden valor y yo, obviamente, gano a cancha abierta.

lunes, 9 de marzo de 2009

Aquella noche de despedida

Nuestra sociedad, sea por las rezones que fueren, se han convertido en serpientes constrictor capaces de devorar a quienes piensen distinto. No hay concejo, no hay posibilidad de dialogo y, mucho menos, aspectos similares entre ambos pensamientos. El otro es mi enemigo, y cualquier posibilidad de dialogo se hace sobre un tatami, o entre los guantes de los- posibles- púgiles.
Con el riesgo de caer en lugares comunes, la política se ha enquistado cómodamente en todos los espacios públicos y privados de este país, devorándose, despiadadamente, los temas comunes que se abordaban en las fiestas, guateques, choripanada, y demás rumbas. No se salva nadie ni nada. Pero lo peor, es que el venezolano se ha acostumbrado a esta situación. Aún cuando el tema no se haya infiltrado, se busca la manera frenética y enfermiza de que el tema POLÍTICO haga magistral presencia y se robe el show.
Es propicio el tema para traer una anécdota. Tras la partida de una querida amiga- que se iba para una ciudad Sureña- le organizamos una disparatada despedida sorpresa tan no sorpresa, es decir, ella participó en la organización de la misma con la condición de poner cara de asombro y arrojar algunas lágrimas. La reunión prometía ser divertida.
Empezamos tocando el tema de la enmienda, el triunfo del si, y las posturas desacertadas del CNE. Lo normal, pues. Luego, el tema “Chávez y revolución” iban asomando sus narices, y sus risas se escuchaban estentóreas por toda la casa.
Los ánimos se fueron caldeando, y las posturas ideológicas iban ganando terreno vertiginosamente. El cuento es conocido: uno y otro bando luchaban cuerpo a cuerpo para lograr el preciado triunfo de la argumentación perfecta.
Pero, esta vez, me sorprendió el camino que tomó el debate. Cada quien defendió su postura sin menoscabar la integridad ni el argumento del otro. Nos escuchamos, con dificultad, pero nos escuchamos.
Hubo un punto de encuentro que logró mantener el dialogo respetuoso entre amigos. Si, hubo gritos, pero no llegamos al insulto, a los puntos de vista estériles de sentido y copiados burdamente de un dirigente o medio de comunicación. Era una reunión sui géneris, tan diversa como nuestra cultura y descendencia; rica y nutrida como nuestra geografía y color; única como nuestra manera de hablar y de diferenciarnos con los otros países de Latinoamérica. Me gustó y, aunque arruinó la fiesta sorpresa divertida que me había planeado, me dejo un dulce sabor en la boca; el sabor del debate sano de las ideas sustanciosas e interesantes. Me dejo el recuerdo de una noche intensa, que reunió a gratos amigos tan distintos, pero que finalizaron la velada con un sincero abrazo.

jueves, 19 de febrero de 2009

Hay triunfos anónimos que suenan como derrotas


Más allá de evaluar los resultados obtenidos en el referéndum revocatorio del 15 de febrero, resulta pertinente indagar aquellos puntos que se desvían entre las disputas partidistas y la lucha de los bandos políticos. Esos puntos que muchos pretenden ignorar, pero que representan un hecho notorio y revestido de una importancia crucial para el país: el despliegue de una maquinaria electoral; los- casi- 11 millones de venezolanos que salieron a votar este domingo, día después de los enamorados, con toda la disposición de cumplir con su derecho ciudadano; los miles de testigos y miembros de mesa que acudieron a sus centros de votación sin esperar que saliera el sol bajo este inmenso cielo; los cientos de periodistas que se mantuvieron apostados en la sede del poder electoral. ¿Acaso el triunfo o la derrota de una opción es más importante que la participación e interés de millones de venezolanos? No lo creo.
Muchas han sido las lecturas hechas en este día. Muchos han sido las críticas, ciertas o no, que se han desplegado por los distintos medios de comunicación, pero la realidad es que esta decimo quinta elección, que convocó a los 16 millones de venezolanos a sus centros de votación, es una muestra más del talante democrático que posee este heroico pueblo.
Desde el rincón donde pude ver el despliegue de estos comicios, específicamente en el colegio Siete estrellas- centro de votación de la presidenta del CNE, Tibisay Lucena- fui testigo de innumerables muestras de civismo, amor a un pueblo, y estricto apego a las convicciones y fe en un proceso de votación, que si bien estuvo signado por un significativo números de irregularidades, también fue reflejo de la decisión de un pueblo. Era gratificante ver señoras de la tercera edad, en sus sillas de ruedas, ejerciendo su derecho al voto; ver como, ya a las 7 de la mañana, los miembros de mesa estaban es sus puestos cumpliendo con su deber y con las mesas formalmente constituidas.
Sin pretender defender lo indefendible y ser testigo ciego de este proceso- porque hay que aceptar el ventajismo obsceno que favoreció a una de las tendencias políticas, y de las respuestas ambiguas por parte de los rectores del Consejo Nacional Electoral ante las irregularidades-, es mi deber como ciudadana y como periodista reconocer que no sólo hubo problemas, que no sólo se cometieron dobles votaciones, y que no sólo se produjeron votos nulos, sino que los ciudadanos lograron emitir su opinión bajo un sistema 100% automatizado, que contó con más de 16 auditorías en cada una de las fases de la plataforma tecnológica, y que éstas contaron con el respaldo de los partidos políticos de ambas tendencias quienes, a pesar de tener grandes diferencias con las máximas autoridades del poder electoral, reconocieron las fortaleza y confiabilidad con la que cuenta el sistema automatizado de votación.
Sin hacerme portavoz del ente comicial, sólo deseo que las cosas empiecen a ser vistas en su justa dimensión, que las pasiones políticas no empañen una de las demostraciones más notables del civismo ciudadano: el acto de votación.
Parada frente al set de prensa del CNE, corren frente a mí técnicos, camarógrafos, periodistas de distintos medios; veo el taco de Venezolana de Televisión justo al lado del de Globovisión y, para sorpresa de muchos, veo a los periodistas de ambos canales hablando, amistosamente, sobre el desarrollo de estos comicios. Veo a parte de un pueblo celebrando una victoria, y a otro buscando las ganancias de una derrota y sobre todo, veo a más del 70% de la población votante reconociendo su aporte a la democracia de un país.

viernes, 28 de noviembre de 2008


A ti, Rafael...

Te descubrí mientras leía. Una escritura casi perfecta se desnudó ante mis ojos. Nunca pensé que alguien pudiese escribir tan bien y despertar en mí las inmensas ganas de imitarlo. Fue tu libro, aquel libro el que me permitió adentrarme en el fascinante mundo de las crónicas bien hechas, cuyas frases perfectamente elaboradas me hicieron enamorarme, por segunda vez, de la escritura. Fuiste tu Rafael, el egresado de las filas ucabistas que escribe todos los domingos en la revista encartada de El Nacional. Fue tu libro “Salitre en el corazón”, el que me capturó. Supiste dar en el clavo, describiste la realidad cubana y develaste los misterios que envuelven a la isla del sabor y la trova. Contaste la historia de quienes viven con la libreta de racionamiento supeditados a sus dos paquetes de arroz por mes. Describiste la vida nocturna de una ciudad que parece haberse quedado paralizada en el tiempo; una isla en donde Sandy y Papo son el boom merenguero del momento. Me contaste lo duro que es vivir en Cuba, mientras me susurrabas al oído que la gente, a pesar de todo, es feliz.

Luego, mes deslumbraste con una portada repleta de caricaturas y me dijiste convencido: “La vida sigue”. Allí estaba, un libro con tu nombre que recopilaba todas las crónicas que has escrito para la revista Todo en Domingo, dispuesto para mi en el anaquel de un panadería. Desde que lo compré hace dos semanas no me despegado de él ni un segundo; cada historia es fascinante y me invita a continuar tus pensamientos reflejados en las 231 hojas empastadas.
Me constate sobre la música de una cuadra muy parecida a una que conozco, y me recordaste lo maravilloso que es un domingo familiar con sello venezolano. Me enseñaste que hasta para cantar un feliz cumpleaños los venezolanos nos las ingeniamos para ponerle nuestro toque especial, agregando comentarios subversivos y anotaciones burlescas que harían reír hasta al más serio.
Le escribiste a la clase media, esa clase satanizada a la que pertenezco y a la que le dibujaste un carita feliz en medio de tanto odio e intolerancia. Me hiciste ver que, a pesar de los que muchos dicen, no es malo tener un estilo de vida medianamente holgado que te permita disfrutar, con ciertas restricciones, de un buen vino los viernes por la noche y ostentar un perfume cocochanel.

Y sobre todo me dejaste este párrafo perfecto como huella imborrable en mi mente:
“Este domingo, quiero hablar del amanecer en la ciudad de venezolana: de cómo ese cielo de profundo azul se va volviendo violeta y se llena de pájaros, de cómo pían las alarmas en las habitaciones y sale de éstas el llanto de los recién nacidos, el sisear de las grecas de café, el rumor de los noticieros. Cómo la sociedad se despierta y de las calles emerge la bulla de las busetas y de los carros, que es la bulla del trabajo, del esforzado madrugonazo de cada día, del echarle bolas. Cómo se levante hacia el aire contaminado de la primera mañana el aroma de las empanadas con guasacaca que se quiebran ante la barra de un lunchería, y por las aceras se extienden las filas blancas y azules de los chamos yendo a la escuela”. (Osío Cabrices, Rafael, 2008)

jueves, 6 de noviembre de 2008


En moto


No se el momento exacto cuando me comenzó a gustar. Creo que fue una mañana, de esas infernales, que Caracas parecía estar sumida en el holocausto, y debía llegar temprano a mi trabajo. Fue justo en ese instante, cuando un señor en dos ruedas, enjuto y con gorra, pasó por mi lado como caído del cielo. Era él, un motorizado que sorteaba las colas como todo un experto. He de admitir mi pánico desmesurado por los vehículos en dos ruedas, que zigzaguean sin control por los 300 millones de carros parqueados en las autopistas. Pero aquel día, ese señor enviado por los dioses, me miró y me dijo: “¿Estás apurada belleza? Yo te llevo por 30 mil”. A lo que contesté- con un pánico anormal que hacía que mis piernas temblaran de manera descontrolada- : “Bueno, pero trata de ir despacito por favor”. Aquel viaje, contrario a la experiencia agónica que yo esperaba, fue un momento de contacto con mi ciudad; sentí una libertad absoluta, como si el mundo fuese solo mío y podía tenerlo en mis manos cuando lo deseara. Asida de aquella moto, recorrí de un extremo a otro la ciudad, mientras mis piernas se adherían a la moto como un bebé se aferra a su madre. Ese día no sólo experimente una sensación de desenfreno nueva para mí, sino que, por primera vez, llegué temprano a mi oficina, provocando la envidia de mis compañeros y los elogios de mis jefes, que jamás me habían visto tan despeinada y tan temprano en mi puesto de trabajo. Toda una experiencia, pues…Hoy, pueden denominarme la segunda persona en Venezuela que usa más la moto como transporte habitual. La primera, es una buena amiga a la que quiero demasiado, que hasta el día de su graduación, con vestido y tacones, llegó al Aula Magna flamante y bajándose de una moto.