viernes, 7 de agosto de 2009

Digamos que esa no soy yo


Si, digamos que se llama Victoria y su historia no tiene nada que ver conmigo. Digamos, también, que esto es una simple crónica basada en la historia de otra mortal que, repito, no soy estrictamente yo.

Así pues, Victoria había decidido que ese día sería un buen día, de esos que te invitan a disfrutar de un café a media tarde, en compañía de tus amigas de siempre. Salió muy temprano, montose su carro, mientras escuchaba cualquier canción fresa que abarrotan tu reproductor de música.

“ Cause you’re hot then you’re cold, you’re yes then you’re no”, cantaba la chica con voz en cuello, zigzagueando entre la Bandera y la entrada de la autopista Francisco Fajardo que, para variar, resultaba intransitable.

Había decidido, como parte de una filosofía de vida, no maquillarse mientras manejaba, pues había sido testigo de múltiples choques producidos por tan irresponsable estrategia ahorrativa de tiempo: manejar, hablar por teléfono mientras se pintan los labios, todo durante los minutos que dura el semáforo en rojo. De esa manera, Victoria había evitado toda clase de choques e incidentes automovilísticos, además de haberse ganado los elogios de varios hombres con respecto a su forma de manejar tan precavida.

Volviendo a la historia. Ella iba en su carro, tarareando la canción y esperaba paciente el cambio de la luz en el semáforo, cuando de golpe escucha un ruido y siente que el carro da un leve movimiento hacia adelante. Alza la vista (que tenía puesta sobre el ipod) y verifica que no hubiese sido ella, la que por despiste, tocara a otro carro por detrás.

Alza de nuevo la mirada, pero esta vez hacia el retrovisor y ve, con todo estupor, como un carro está incrustado en la parte de atrás del suyo. Muy justos, siameses. Durante 5 segundos, que simularon horas, no sabía qué hacer, cómo reaccionar: limitose a calzarse de nuevo el zapato, pues tenía la costumbre de manejar descalza; abrió la puerta, se acomodó la camisa y el cabello- que en medio de la rabia había perdido su forma- y se dirigió hasta el ciudadano en cuestión.

Las clases de oratoria y locución se fueron al mismísimo infierno; la elegancia y la clase saltaron por los aires como un chimpancé, y el barrio contenido bajo años de civilización se desbordó por los pliegues de sus labios, botando las entrañas y la bilis. No le importó nada, sólo quería escupir la cara de tan miserable truhán.

El tipo bajose pausado y circunspecto, como si nada hubiese ocurrido. Miró a la chica y le soltó un simplón: “¿Qué pasó?
Victoria, por su parte, hubo de respirar profundamente para no estamparle la cartera en la mera cabezota, y dirigiose hasta el tipejo: “¿Cómo qué qué pasó, Guevon”. Poco le importó a Victoria lo cacofónica de la frase, y la grosería que había pronunciado.

-- ¿Qué te pasa, acaso andabas aguevoniado?—le soltó de nuevo al tipo, mientras señalaba con fuerza el carro.

-- Señorita, respete por favor, es que..—respondió él, visiblemente confundido, pues no pensaba que tan elegante mujer, guardara en su lenguaje tan bestiales oraciones.

-- Respeto un coño. ¿O es que tu no viste que estaba en rojo el semáforo?—espetó ella, cuando en su alrededor los carros se detenían para ser testigos de lo ocurrido.

-- Si lo vi señorita, pero tampoco es para que me insulte.

-- Claro, que si lo insulto, porque si hubiese sido yo la que lo choca, estuviese diciendo: “Mujer tenía que ser, seguro iba maquillándose”. ¿Y usted que estaba haciendo, gueviando?”

El tipo, sólo se limitó a asentir con la cabeza, mientras balbuceaba frases de disculpa. “Señorita, no es así, disculpe, disculpe”.

Victoria, entre tanto, seguía profiriendo insultos, sin darse cuenta que permanecía sola en la calle, pelando con molinos de viento, pues el tipejo había reanudado su marcha entre la pena y la risa de los transeúntes.

Por fortuna, al carro no le había pasado nada, pero Victoria sentía una profunda ira, provocada por el machismo de una sociedad que se niega a entender que los hombres también tienen derecho a distraerse mientras manejan, que también se equivocan y que, más frecuente de lo que se piensa, chocan indiscriminadamente a otras personas, sin recibir siquiera una grosería bien dicha.

Esa misma mañana, Victoria se sentía complacida y feliz, en tanto había logrado defenderse sin sentir miedo ante la reacción del otro. Ahora piensa comprar un bate, para tenerlo dispuesto cuando la ocasión lo amerite.

martes, 14 de julio de 2009

"A lo mejor, pero seré un chiflado convencido de que tres es un numero perfecto. Tres es la armonía perfecta, Por los siglos de los siglos la pareja ha sido un equilibrio erróneo. Surgió para imitar torpemente la aparente dualidad del universo. ¡Aparente!¡ Día y noche, frío y calor, blanco y negro! Pero más rico que estos pares es cuando existe una situación intermedia entre los dos, cuando entre el frío y el calor hay también un clima templado, cuando entre blanco y negro hay gris, cuando entre día u noche hay crepúsculo. Entonces tenemos tres factores que juegan entre si, que producen mayores tensiones, que ofrecen mayores posibilidades de variedad".







Chocron, Isaac (1984) “ Teatro II”. Monte Ávila editores. Caracas, Venezuela

Golpe, contra golpe

Laura llega del colegio y le pregunta a su Mamá:

-- Mami ¿qué es un golpe de estado?

La mamá, bastante sorprendida, le responde:

-- Hija, un golpe de estado es algo muy complicado de explicar ¿Por qué quieres saber eso?
-- Bueno mami, porque hoy en clases la maestra nos contó unas historias sobre golpes de estado y no entendí mucho.

-- ¿Y que les contó?—pregunta la madre con cierta malicia

-- Que en Venezuela ha habido muchos golpes de estado, pero hubo dos golpes que destacan en la historia contemporánea; uno en el 92 y otro en el 2002. Y que hace poco le hicieron uno al presidente de Honduras.

La madre, con cara de indignación y molestia, le replica a Laura.

-- Pero, ¿qué le pasa a esa maestra? Aquí no hubo golpe de esta en el 92, lo que hubo fue una rebelión militar.
-- ¿Y eso no es lo mismo, mami?
-- Claro que no, Laura. Lo que hubo en el 2002 fue un golpe de estado, orquestado por la ultraderecha fascista de la oligarquía asquerosa de este país. Nada que ver con lo que pasó con la rebelión popular del insigne ejercito venezolano, que alzó la voz contra las medidas económicas impuestas por el corrupto que estaba como presidente en esa época.

-- Ya va mami, no entiendo nada. Según mi maestra, en el golpe de Honduras unos militares sacaron al presidente de su casa presidencial a través de las armas. La palabra que ella me dijo, creo, fue que se sublevaron. Y también me dijo que en el golpe del 92, unos militares armados, intentaron sacar al presidente de su casa. En ambos golpes, los presidentes fueron electos por el voto popular. Y, entonces ¿no es el mismo golpe?

-- No, niña. En el golpe del 92 los militares salieron a proteger al pueblo, buscando mejores condiciones económicas que ayudaran a la gente pobre. Lo que ellos hicieron fue por amor, y no por seguir los deseos imperialitas ordenados por la CIA. En cambio, en el golpe del 2002 los militares traidores querían deponer a un presidente electo por la mayoría popular.

-- Mami, yo no se que es la tal CIA y no quiero que te molestes conmigo, sólo quiero entender algo para mi examen. ¿Acaso el presidente Carlos Andrés Pérez no fue electo por venezolanos?

-- Si, pero…-- trata de explicar mientras Laura no pare se hablar.

-- Y en el golpe del 92 no salieron unos militares a traicionar al presidente de turno, sacando las armas a la calle…

-- Si hija, pero no es como tu…

-- Y en el 92 no murieron personas inocentes al igual que en el golpe del 2002

-- Claro, hija, ya va…

-- ¿Y en el golpe del 92 las intenciones eran sacar al presidente de la republica igual que en el golpe del 2002?

-- Es así, muchachita, pero déjame hablar

-- Entonces, mami, ¿acaso el golpe del 92, la del 2002, y la de Honduras no son el mismo golpe pero en distintas circunstancias?

-- Bueno, Laura, que broma es… Ve para tu casa y ponte a estudiar, ya no quiero estar hablando de esas cosas.

Laura, se fue a su cuarto, mientras su Madre, disgustada, tiraba la puerta de su cuarto.

lunes, 15 de junio de 2009

De locura y brillantez

Estaban sentados allí, en el desván propiedad de los personajes más góticos de la cultura norteamericana: Marilyn Manson. El lugar era la réplica exacta de los que la gente espera encontrar en la casa del cantante rock (cuyo nombre hace honor al fundador y líder de "La Familia", grupo que perpetró varios asesinatos), un esqueleto con el cráneo remplazado por el de un carnero, un mazo de cartas del tarot con imágenes de locos decapitados; las paredes rojas y, según especifica el autor, el cuerpo de un niño chino de 7 años envuelto en una bolsa plástica. Pero, apartando los estereotipos y los juicios de valores, Brian Hugh Warner ataviado de pantalones de cuero negro y el cabello hasta la espalda, sin maquillaje, podría ser uno de los personajes más fascinantes de la cultura anglosajona.
“Las amenazas de muerte hacen que la vida valga la pena, hacen que todo sea excitante. Son el alivio supremo contra el aburrimiento (…) Se que para transmitir lo que quiero transmitir voy a tener que llevar las cosas hasta un extremo tal que me situaré en lo más bajo y me convertiré en la persona más despreciada del mundo. Voy a representar todo eso a lo que os oponéis y vosotros no podréis decir nada para hacerme daño ni para hacer sentirme peor (…) Soy lo peor que puede haber, así que nadie puede decir que yo haya hecho nada que me ha hecho quedar mal, porque yo digo de entrada que soy lo peor (…) Si no os gusta mi aspecto, si no os gusta lo que tengo que decir, todo eso es parte de lo que estoy buscando. M estáis dando justo lo que pido”.
¿Acaso no es lo más perfecto que unos labios pintados de negro y un cuerpo delgado y amorfo pudieron decir nunca jamás? Quise colocar el párrafo completo porque cambió mi concepción de este hombre en apariencia despreciable, pero cuyo pensamiento me dejó sin palabras.

Esta es una de las historias que compila Chuck Palahniuk en su libro Error Humano, que no es otra cosa que una serie de crónicas sobre la tan hablada locura americana.
Para más señas, este periodista norteamericano (también creador de la novela llevada al cine El club de la pelea) nos echa el cuento, desde su experiencia como loco y adicto a las pornos, de los pasatiempos más extraños y disociados que caracteriza a la cultura “gringa”, como el Festival del Testículo, donde hombres y mujeres exponen sus cuerpos desnudos alrededor de unas bolas y cuernos de toro. No hay premios, no hay justificación; sólo hay sexo en la calle, sexo en pareja, sexo en comuna…
Así comienza, para que se hagan una idea de lo que ocurre una vez al año a veinticinco kilómetros al sur de Missoula, Montana, por si quieren echarse una paseadita por allá: “Una atractiva rubia se echa el sombrero de cowboy hacia atrás sobre la cabeza. Es para poder meterse en la boca toda la polla de un cowboy sin clavarle en el vientre el ala del sombrero. Esto tiene luchar sobre la tarima de un bar abarrotado. Ambos están desnudos y embadurnados de pudín de chocolate y nata”.
Una vez que tragas fuerte, pues el texto es bastante descriptivo con respecto a las posiciones y actitudes eróticas de los presentes en el festival, Chuck cuenta lo daños terribles que pueden causar el hastío, el aburrimiento y la falta de problemas económicos que le dan algo de sentido a la vida (vaya un saludo a la madre de todos estos cabezas vacías). La crónica se refiere a los esfuerzos inusitados que hacen una serie de hombres por entrar al equipo olímpico americano de lucha y el empeño desmedido por destrozarse las orejas. Si, las orejas, pues para estos fortachones tener las orejas como carne molida es un emblema de honor, trabajo y esfuerzo.


“Para la mayoría de los luchadores, las orejas deformada son como tatuajes”, dice uno de los entrevistados de Palahniuk, luego de agregar que esta deformación es producto de tanto “manoseo”, golpes y traumatismo; la oreja se llena de sangre hasta vaciarse completamente. El resto de la crónica discurre entre anécdotas sangrientas de los luchadores y la poca (o nada) retribución económica que reciben los jugadores frente a una competición que amenaza con acabarse.
Hay en el libro otras historias relevantes, pero que realmente no me dejaron gran sorpresa, ha de ser que imaginaba a los norteamericanos más enfermos y desquiciados de lo que contaron aquí. Están los hacedores de castillos, por allí en Seattle o en el pueblo que llaman “obrero”, donde un grupo de familias compiten por construir los castillos más rimbombantes, con dragones incluidos. También está un cuento bastante peculiar sobre una reunión de escritores frente a productores Hollywoodenses, con cientos de guiones en las manos y, cuyos escribanos, sólo cuentan con siete minutos para vender su historia. No importa lo bueno que sea el guión o lo taquillera que podría llegar a ser, si no la expones en siete minutos exactos, uno de los productores te dice: “Lo siento, se han acabado sus sietes minutos”. Al cabo de ese tiempo, los sueños de ser famosos y convertirse en luminaria del cine, se quedan en las manos de algún productor, o terminaron en una carpeta, debajo del brazo, camino al fracaso.
El libro es excelente, la verdad, la narrativa de Palahniuk es impecable y presenta una forma de ver el comportamiento de un país que da mucho de que hablar, tanto por sus bondades (que sin duda las tiene) como por la barbarie y desenfreno que afloran con cada una de sus acciones. Ya sabía que Estados Unidos es más que hamburguesas, guerras, racismo, fraternidades y películas pornográficas, también cuenta con cantantes de Rock que prefirieren volverse una aberración humana para soportar las críticas de la gente y prolíficos escritores puesto a la orden de Hollywood. Son algo más que un error humano.

El sobre marrón


La atajo con fuerza por los hombros para detener su huida. La agarró por el cabello, lo pasó por el cuello hasta terminar el estrangulamiento.
El cuerpo de Ana fue encontrado sin vida a las 6 de la mañana, dos días después de ser ahorcada. Lo extraño de la escena, según el reporte policial, era la larga cabellera que rodeaba su cuello, lo que parecía ser el arma homicida.
El asesino había huido, pero, antes de salir, dejó sobre el vientre de Ana un sobre marrón cubierto por hebras de cabello simulando un lazo.
Los vecinos atestiguaron no haber escuchado nada inusual, sólo les llamó la atención que ella hubiese faltado dos veces a la acostumbrada hora del bingo por la noche.

Una infancia pueblerina

Las historias en los pueblos, por lo general, son iguales: las mujeres se encargan de criar, mientras los hombres salen a buscar trabajo y comida. Los hijos, a su vez, repiten el mismo patrón bordado por sus progenitores y terminan casándose a muy temprana edad.
Bajo este designio creció Ana, sobre las cuatro cuadras y 15 casa que formaban el pueblo de San Joaquín, nombre que hacía alusión al padre de la Santísima Virgen María. Dado al nombre del pueblo, sus habitantes eran sumamente católicos y arraigados a las tradiciones decimonónicas. No tomaban café después de las tres de la tarde; rezaban el rosario antes de acostarse y levantarse; jamás colocaban la cartera sobre la mesa y; sobretodo, el cabello de las mujeres debía estar largo, como el velo que adorna a la virgen.
Esta última era la más sagrada de las tradiciones: las mujeres que no tuviesen el cabello hasta el dobles de las piernas eran consideradas indignas y, por consiguiente, estaban destinadas a vivir solteras de por vida.
Ana, al igual que las demás niñas, cuidaba su larga cabellera; lo peinaba con cuidado y cortaba las puntas cada vez que la luna estaba llena. Pero, ella odiaba todos los comportamientos vetustos que seguían todas sus compañeras; detestaba andar con el cabello tan largo en un pueblo donde los rayos del sol sonrojaban la cara y tostaban la piel. Sobretodo, odiaba profundamente a su madre, quien la obligaba y repetía hasta el hartazgo que las tradiciones y la honra eran los valores más arraigados del ser humano. Ella sólo quería que la dejaran es paz, huir de esa miseria y dejarse el cabello tan corto que pudiese parecer un hombre, no porque tuviese inclinaciones sexuales distintas, no, lo que quería era liberarse de la espesa hondura de centenares de hebras que ella esmeraba en enroscar como una cuerda sobre su cabeza.


Espero que me perdones…

Sabes que siempre te odie, y cómo no hacerlo, si siempre me obligabas a usar y hacer cosas que no me gustaban. Yo te lo decía: “Mamá no me gusta ir a la iglesia”, pero tú no me escuchabas. Estabas empeñada en que siguiera las mismas costumbres que aplicaron mis abuelos en ti. A veces pienso que te estabas vengando de la vida a través de mí, que yo sufriera lo mismo que padeciste en tu infancia. Empezaste tu venganza colocándome tu mismo nombre, Ana, la madre de María ¿Con qué intención? ¿Querías una hija a tu imagen y semejando tratando de imitar a Dios al momento de la creación?
No te imaginas lo que te odiaba cuando era pequeña, cuando me obligabas a peinar este cabello asqueroso, interminable, inagotable. Luego, como un juego macabro, hacías que peinara el tuyo, áspero, blanco, lleno de polvo y de piojos.
Me daba nauseas cuando antes de dormir me hacías escribir las fatuas cartas que le mandabas a nuestra familia de la capital, dándote bomba con ellos y mintiendo sobre nuestra vida, nuestra feliz vida. Me la hacías repetir una y otra vez, hasta que el adorno en forma de caracol quedase reflejado en la M, R, J y D, tus ridículas M, R, J y D, y luego la guardabas en esos sobres marrones, marrón tierra, marrón mierda, que tanto te gustaba.
Por eso no lo dudé un segundo, sabía que la única forma de terminar con esta vida mediocre era acabando con la tuya. Esa mañana, mientras te peinaba, sentí como la ira me recorría todo el cuerpo, me cegaba. Puse mis manos sobre tu cuello recogiendo el cabello que caía en jirones contra el suelo; lo tensé y enrosqué hasta darle forma de cuerda. Apreté y apreté, hasta que tu cuerpo dejó de moverse.
Me senté y escribí una carta, esta carta que dejé en tu querido sobre marrón y que, quizás, un policía esté leyendo en este momento.

viernes, 29 de mayo de 2009

El metro y sus cuentos


He sido victima de las críticas durante todos estos meses que vengo trabajando. A la gente- sobretodo a mi madre y novio- le cuesta entender como es posible que teniendo carro yo prefiera trasladarme por la ciudad en lo que muchos llaman “El mierdero de Caracas”, o mejor conocido como “Metro de Caracas”.
Y de cierto modo comprendo su desconcierto, porque de pana, por más que duela admitirlo, el metro es una gráfica representativa de la jungla urbana, en donde se expone a flor de piel los comportamientos más salvajes, hostiles e inhumanos jamás pensados.

Yo, tratando de hacer un ejercicio catártico y de respiración Zeng, explico que el sumergirme en las trepidantes vías subterráneas me conecta con mi ciudad, con mi gente, me abre la imaginación, me sorprende, me arrecha, me da ganas de matar a alguien, de suicidarme, gritar, berrear, empujar, patear..,todo junto, todos estos sentimientos mezclados, en tan sólo unos minutos que dura el viaje del Valle a Chacaito.

El metro me mantiene conectada como mi alrededor y, sobretodo, me evita pasar 4 horas de mi vida enquistada en una asiento, escuchando la misma música del iporr y calándome el ruido del retrovisor cada vez que un motorizado lo golpea con su codo.
No sólo eso, el subte bolivariano me pone en forma, gracias a que las escaleras, en su gran mayoría, están dañadas. Es, sin duda, un estuche de monerías. Pero, por sobre todas las cosas, el metro me divierte, me da material para escribir mis “huachaferias” sobre lo caricaturesca que puede resultar mi hermosa ciudad.

Una mañana, de esas que vas tarde a tu trabajo y te antojas de ponerte unos tacones inmamables, estaba de muy mal humar, la verdad, el calor se había convertido en un dragón que insuflaba, en mi cara, intermitentes llamaradas de fuego y todavía estaba varada en la estación de Plaza Venezuela; esperando en la interminable cola escuché algo que me sacó de mi dislocado mundo:

-- ¿Supiste que el miércoles se lanzó un perro al metro? -- Susurró una chica que estaba justo delante de mí.
-- ¿Qué, hasta los perros se están suicidando en este país?— respondió otra muchacha con tono de burla.
-- Pues si, iba en el bolso de la dueña, y cuando vio que se aproximaba el vagón, puff, se lanzó…

Aquello me sacó de mi abulia mañanera: ¿Un perro que se suicida en el metro? ¿A quién se le ocurre meter un perro en el metro? Pobre perro, así lo tendría de loco su dueña, que prefirió que un tren lo volviera masa de pelo con sangre. ¿Será que mi perra siente, a ratos, ganas de matarse? ¿Será que deben crear una nueva carrera llamada “Psicología Animal, mención Perros? ¿Será que esto pasa en cualquier parte del mundo o sólo en Venezuela? Ya va, ¿Y yo no tenía que montarme en este vagón?

Lo cierto del cuento, aunque parezca sacado de la mente Matt Groening, es que el perro, por curiosidad, sacó la cabecita del bolso de la dueña y sin querer se arrojó a los rieles del tren. La dueña, por estar de inventora, le tocó regresar a su casa sin perro y con una multa por introducir un animal dentro de la estación, así como por generar retrasos innecesarios.
Ahora, ven por qué yo sigo empecinada en usar el metro.

Continuará…

martes, 26 de mayo de 2009

Medias tintas


Ataviada con tacones de punta y un vestido que caía ligero sobre sus muslos, caminaba por Sabana Grande moviendo su cabello al viento capitalino. Tenía un tumbao, unos meneos de cadera que simulaban a una bailarina de salsa cubana. Piernas, brazos, todos juntos al compás de una melodía que sólo sonaba en su cabeza.
Siempre había soñado con ser bailarina, pero no de esas que se ponían tutú y hacían un glisser o un elancé, sino de las que se contoneaban con fuerza, llenos de movimientos rápidos y sexuales.

Practicaba sus lecciones todas las mañanas en un viejo gimnasio, rodeado de espejos que le mostraban diferentes ángulos de su cuerpo; y por la noche, repetía a la perfección cada paso, cada movimiento en una night club.

Aunque de pequeña la bautizaron como Carmen, había cambiado su nombre por uno más artístico, haciéndose llamar Penélope, la diosa de las curvas.
Penélope, de un rojo intenso, encendía y apagaba en la entrada del local. Ella era la sensación, algo más que la estrella de la noche, era, sin duda, la más solicitada.


Esa mañana había decido cortarse el cabello. Salió temprano, dio un beso a su mujer en la mejilla y le dejó una nota: “Ahora me toca a mi reina. Hoy llego tarde del trabajo. Te amo”. Montó su vehículo y fue a la peluquería de costumbre. Al llegar, saludó a Isadora, un travesti que, como muchos otros, había decido escoger la peluquería como profesión.
Lo saludaba con distancia, aludiendo que un banquero no podía mantener conversaciones con una mariquita.
A Isadora parecía no importarle, y lo agarraba tratando de abrirle un botón de la camisa haciendo jueguitos con los dedos en su pecho peludo. Le decía, de cariño, el Osito Serio.
Salió tan rápido como pudo de la peluquería, dejando una nota en el pecho de Isadora; se puso una chaqueta con gorro, cubriéndose la cabeza, como queriendo pasar inadvertido entre la gente.
Llegó casi corriendo, mientras aferraba la cara entre el gorro, juntando ambos puños y dejando ver solo sus ojos. Entró y comenzó a recorrer todos los pasillos, uno por uno, ya sin prisa, viendo cada objeto con suma delicadeza, detallando las figuras fálicas, los látigos en combo con las esposas.
Salió, se cubrió la cabeza y se introdujo en su carro, feliz por las nuevas adquisiciones eróticas y por la gran noche que le esperaba.


Había nacido como Carlos, pero a los 13 años, en homenaje a la bailarina estadounidense, lo cambió por Isadora y se dejó invadir por las lentejuelas del mundo gay. Bailaba mejor que cualquier mujer, y su cuerpo había adquirido, en algunas zonas, formas femeninas, llegando a confundir a más de uno.
Esa mañana, cuando lo vio entrar, siempre serio y gélido de trato, sintió unas inmensas ganas de desistir, de no aguantar un solo maltrato más. No es fácil recibir oprobios del hombre que más has amado en tu vida y tener que soportarlo callado.
Aferrado de su camisa y apunto de escupir sus sentimientos en la cara del victimario, sintió la mano de éste dejándole una nota dentro del sostén.
Corrió al baño, y cuando hubo terminado de leerlo, una lágrima bajaba por la comisura de sus labios, decorando la línea que formaba una sonrisa.
“Te espero en el night club de la castellana. No llegues tarde, esta noche será inolvidable”, se corrían a los largo del papel.

….
Se levantó con la pesadez de siempre. Preparó café y leyó la nota de su esposo. “Ahora me toca a mí”. Sintió una bofetada, de esas que te dejan en el sitio, que te toman por sorpresa. “¿Es una venganza?”, se preguntó. Una espacie de culpa le recorría el cuerpo, y un leve temblor en el estomago le hizo recordar los años de mentira.
Sin duda lo amaba, pero, por alguna extraña razón, el tongonear su cuerpo ante los ojos morbosos de otros hombres le producía un éxtasis extraño, insondable. Lo había intentado dejar varias veces, especialmente, cuando lo conoció pero reincidía una y otra vez, y con el tiempo se hizo experta en la mentira. Maestra del baile y del engaño.
De día era Carmen: la esposa, la mujer del banquero, la perfecta; de noche, sus piernas cubiertas por medias negras la convertían en Penélope: la diosa de las curvas, la infiel, la zorra.

...
Había sillas por doquier, una tarima adornaba el centro del lugar y unas barras la atravesaban, uniendo en techo con el suelo. Luces , hombres borrachos depositaban sus quincenas en la ropa interior de las bailarinas.
En otro bar, de cualquier parte de la ciudad, en la barra, las travestis se sentaban en las piernas de los clientes, mientras los besaban.
En una esquina, cobijados en la oscuridad, el esposo, el banquero, osito serio se dejaba seducir por Carlos, el peluquero, la mariquita, Isadora sin complejos, sin miedos, invadidos…
Al frente, en la tarima, los magnates, fetichistas, bisexuales y demás poderosos políticos, esperaban a la diosa de las curvas y vitoreaban, al unísono, Penélope, Penélope. Adentro, en el camerino, Carmen, la esposa, la zorra, Penélope, esperaba el turno para su entrada triunfal.